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  De Finisterre a Cabo Norte. Historia de un viaje en autocaravana

PREÁMBULO

Antes que mi pasión por los viajes, fui un apasionado del mar. En las breves singladuras por las rías, el mar me enseñó a ser prudente, a respetar la naturaleza y, sobre todo, a apreciar los hitos de la costa como depositarios de la historia y, a veces, como la esperanza de la vida. La singladura termina cuando ves el faro, la punta de la tierra salvadora.
Yo comprendí así el arraigo en la memoria y la profundidad histórica de los confines.
El azar quiso que yo perteneciera al del Finisterrae de Occidente, y siempre deseé conocer otros confines extremos del mundo. Uno es Ushuaia, en la Tierra del Fuego, en el mar Austral.

El otro es Cabo Norte.

Pepe Hermo, Pepiño. 13 julio-15 agosto 2001
 



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LOS PREPARATIVOS

1. EL  PROYECTO

En el verano de 1996, paseando por el camping Ben-Nevis en Fort William, Escocia, le comentaba a nuestros amigos y compañeros de viaje, Ana y Javier, que esa misma noche había decidido cómo celebrar mis 50 años, hecho fatídico que se cumpliría siete años después. Para un hijo del atlántico, donde la puesta de sol es el símbolo del finis-terrae del mundo antiguo, ver el sol de medianoche en otro de los confines de Europa, en el Gran Norte, era un reto digno de un acontecimiento como lo es cumplir medio siglo de vida. Había tiempo para prepararlo y, sobre todo, para ir adquiriendo algo imprescindible: la autocaravana. Iríamos pues a Nordkapp, en Noruega, en el 2003, donde veríamos el sol de medianoche.

Pero en marzo de 2000 llegó la autocaravana, y la emoción del viaje hizo cambiar mis planes. Un amigo lucense, compañero de estudios, se sumó a la idea y decidimos hacer el viaje en el verano del 2001. Un año de descubrimientos.

Desde entonces, el viaje a Cabo Norte se convirtió en un protagonista obsesivo. Ocupaba mi tiempo de descanso, leyendo lo que encontraba sobre Escandinavia. A finales del verano del 2000 ya tenía un primer borrador adelantado. Ahí es nada. Una aventura de más de 12.000 Km. y 33 días de duración. Después hubo que elaborar el guión del viaje durante cuatro meses, estudiando las rutas posibles y descartando las imposibles; los sitios que había que ver a lo largo del itinerario; las distancias a recorrer, las etapas y los lugares donde podríamos descansar. Para ello leí y consulté libros y guías de viaje, obtuve información en las embajadas de los cuatro países escandinavos a visitar, y estudié mapas de todo tipo. Se trataba de llegar con bien a Nordkapp visitando lo que pudiéramos en el escaso tiempo disponible.


2. EL  PLAN  DE  VIAJE.

Partíamos con una intención clara: No es posible verlo todo al mismo tiempo. Además de imposible, no compensa. Por lo demás éste es un viaje para ver paisajes irrepetibles y conocer pueblos pequeños y encantadores. Pensábamos visitar sólo las ciudades de Estocolmo, Oslo y Göteborg, dejando la visita de Copenhague para otra ocasión. Pero sobre la marcha decidimos parar también en la capital danesa, porque no será fácil que volvamos a visitar países tan lejanos, y sería imperdonable pasar de largo por esa ciudad sin aprovechar las ventajas de viajar en autocaravana.

Dos observaciones sobre la duración y la fecha de partida:

• El viaje está realizado en dos tiempos. El primero era obvio: el camino debía empezar en Finisterre, al pie del faro del fin del mundo antiguo, al borde del “mare tenebrosum” de los romanos, en el extremo occidental de Europa. Una magnífica puesta de sol, antesala de la noche más corta del año, la del 23 de junio, verbena de San Juan, fué la que marcó el verdadero comienzo del viaje. Poco antes, en el aparcamiento del faro donde estábamos nosotros, aparecía una Hymer con matrícula de Barcelona. Coincidimos, hablamos y fuimos juntos a dormir la noche de los fuegos al imponente espigón del puerto de Finisterre.

Desde entonces, Lao y Marcé, 73 años de edad y cinco viajes a Noruega, son unos amigos encantadores.

• La partida decidimos adelantarla sobre la fecha que teníamos prevista, que era el 14 de julio. Aprovecharíamos la tarde del viernes 13 de julio, para ganar algo de tiempo y hacer más suaves las primeras etapas. El objetivo era llegar a Nordkapp el día 24, y celebrar el 25 de julio, día de Santiago, en la plataforma del cabo. De ese modo tendríamos margen de tiempo para ver el sol de medianoche, que en Nordkapp puede verse hasta el 29 de julio. Regresaríamos a casa el 15 de agosto.

Este Cuaderno del viaje es el resultado de aquél compromiso adquirido tiempo atrás bajo los cielos grises de Escocia. Es el diario de un viaje en autocaravana a través de la Europa más civilizada y de la más desolada. Es el viaje total. O como seguro suscribirá algún otro forero, es la madre de todos los viajes.

¡Así pues, preparemos de nuevo las autocaravanas, pongamos a punto las bicis, carguemos todos los bártulos que podamos sin olvidar la ropa de abrigo y ¡en marcha! porque nos vamos de viaje, muy, muy lejos! A una latitud 71º 10´21" Norte. Por encima sólo está el Polo Norte.


3. LAS ETAPAS.

El viaje a Cabo Norte es, en realidad, la historia de dos viajes: la ida y el regreso, porque el ritmo, la intensidad y los objetivos del viaje eran también diferentes. La subida sería rápida, con etapas de muchos kilómetros y descansos más bien cortos, empleando en ella un total de 12 días. En la bajada emplearíamos casi el doble de días -21- ya que el ritmo sería más pausado debido a las carreteras noruegas -estrechas y sinuosas, especialmente las del norte- a la densidad del tráfico, al uso frecuente de los transbordadores y, sobre todo, a la contemplación del paisaje y los pueblos de los fiordos.

En el proyecto inicial, sólo había tres condiciones previas: Ver  Estocolmo; atravesar el norte de Finlandia; y llegar a Cabo Norte. Todo lo demás, era susceptible de improvisarse y cambiar sobre la marcha.


4. LAS VISPERAS

11 JULIO. Miércoles.

Temprano, fui a recoger la autocaravana al garaje en donde la guardamos. Se trata de una Hymer B564, del año 2000, con 9.742 km. en el marcador, y que para los tres es perfecta. A eso de las 10h00 llego a casa, y le busco acomodo. Prolongador de cable y a enchufar la corriente. Durante dos días las baterías podrán cargarse a tope. Al mediodía, conecto la nevera para que el congelador vaya cogiendo la temperatura adecuada.

El jueves 12 a la tarde, ultimo asuntos de trabajo en Noia y voy al encuentro de Xosé Ageitos, el artista. Recojo los adhesivos que le encargué hace unos días, y que nos identificarán como grupo. Se trata del logo del centro turístico de Nordkapp y una composición rotulada de letras blancas sobre fondo azul con el lema ”de Finisterre a Cabo Norte”  9º 16´51” W--71º 10´21 N”, y la relación de los 8 países que íbamos a atravesar. De la longitud más occidental de Europa a la latitud más septentrional.

Al llegar a casa, sobre las 21h30 de la tarde, y tras comprobar que el congelador está ya a la temperatura adecuada, empezamos a cargar las provisiones. El congelador, de 25 litros, resulta prodigioso. Las últimas bolsas, con ramas de perejil y tallos de puerro, entran a “compresión”, pero entran. Cargamos también el armario de ropa abundante. Somos tres, y la ropa abulta. Yo procuro llevar prendas, digamos multiuso, que sirvan tanto para el frío como para el … entretiempo, porque soy consciente de que calor, lo que se dice calor, no vamos a tener en exceso. Trenkas impermeables con forros polares de cremallera; calzado fuerte y resistente al paso del agua; un par de mantas de refuerzo para los nórdicos si se hicieran necesarias…. En fin, a pesar de todas las precauciones y razones esgrimidas ante mi esposa, Dora, y mi hija Alba para que fuesen sensatas (“la ropa abulta”, “no vamos a la cena de entrega de los Nobel”, “porqué llevar cuatro si con uno, quizá dos es suficiente…”), no consigo mis objetivos; en fin pasó lo que tenía que pasar, lo de todos los años. Mientras entro y salgo de la auto con cajas y más cajas de ropa que se va tragando el armario, los tambuchos y los armarios altos, no hago más que pensar en el bueno de Luis.

Luis será nuestro compañero de viaje. Irá con su esposa Inma y sus cuatro hijos. Cuatro, has leído bien. Llevan una Hymer de 1999. Es una B684, con espacio suficiente para los 6, pero con un armario como el nuestro, y claro… no soy capaz de imaginarme lo nuestro pero multiplicado por dos….. Pobre Luis.

El día 13 viernes amanece nuboso. Frunzo el ceño. Mal asunto. Si empezamos con esas vísperas… Durante toda la mañana, mientras yo cedo el relevo de trabajo a mi hermano y lo pongo al corriente de los asuntos pendientes, Dora y mi hija Alba cargan el resto de las provisiones: pastas, conservas, aceite, leche y agua. Café, arroz, azúcar, sal, cereales, refrescos, y caña de guindas para las tertulias nocturnas. Yo soy abstemio, o sea que una botella llegará. A las 13h00 me presento en casa y apresuradamente cargo las tres bicicletas y repaso mentalmente todo lo que hemos ido estibando estos dos últimos días. Me siento como un piloto cuando antes de despegar chequea el listado de operaciones a comprobar antes del despegue. ¡Dios mío, tres años preparando el viaje y ahora estoy improvisando!.

Repaso: los armarios altos llenos. Los armarios y cajones de cocina aún admiten algo más de mercancía. Parece mentira todo lo que entra aquí. El tambucho trasero, el único que admite carga, casi vacío. El armario a reventar. Los muebles del fondo, con todo el calzado en cajas. Yo no sé si vamos nosotros tres o vamos seis. Los zapatos se apilan unos sobre otros y yo sigo sin entenderlo. El armario exterior, en buen estado de revista, todo en orden: Caja de herramientas y pequeño material, rollos de cable eléctrico, manguera y racores de conexión, cajas apilables con patatas del país (ya quisieran los noruegos tener esta maravilla) cebollas y ajos, material de lavado de ropa, líquidos del Thetford, cocina exterior, olla a presión, barreños, tendedero extensible y el aerotex para el piso cuando despleguemos el campamento. Sillas y mesa exteriores, cajas apilables para la loza, cable de 25 metros más para las emergencias, mueble de cocina, mesa auxiliar, calzos para las ruedas, botas de agua… Todo parece estar en su sitio.

Compruebo que llevo la documentación mía y de la auto (permiso de circulación, seguro, libro de Instrucciones), el Carnet Internacional de Conducir (verdadera cartilla de racionamiento de la época de la guerra fría), dinero, cámara de fotos, cámara de vídeo, el transmisor-receptor para hablar en ruta con Luis y, en honor a Fermín el forero geógrafo, mi GPS con la intención de grabar en la memoria los puntos donde recalemos cada noche del viaje.

Como era de preveer, cuando estamos a punto de salir, caigo en la cuenta de que no he llenado el depósito de agua, de modo que abro el grifo y cargo los 120 litros de rigor. Tiene gracia. Mientras cargo agua pienso a toda velocidad de qué otra cosa me estaré olvidando. Pero mi cabeza ya no dá para más. Si algo olvido, ¡qué se le va a hacer!

Antes de salir de la urbanización donde vivimos, paro en casa de mi hermano para despedirnos. Besos a diestro y siniestro. Y en el último momento aparece Javier, el amigo al que me referí al comienzo del relato, el confidente de mis sueños del verano del 96 en Escocia. Se acerca a saludarnos para desearnos buen viaje. Sin salir de mi puesto, le doy un apretón de manos. Mira al cuadro de la autocaravana y a todo el despliegue diseminado por la tabla del salpicadero: Cámaras, transmisor, el GPS en su base, mandos de la radio, la pala Scud matamosquitos de Philip Stark, los cuadernos de notas, el Libro del viaje, en fin, la de Dios es Cristo. Al despedirnos supe que en su mirada había un punto de nostalgia por no poder acompañarnos. Comenta que el despliegue que ve no es el mismo que cuando íbamos caravana arriba por las tierras de Escocia. ¡Sí! le digo, todos cambiamos. 

Nos despedimos de todos y salimos despacio. Son las 15h00 y el contador marca 9.742 kilómetros. Vamos con las alforjas llenas y las ilusiones intactas. Después de tanto tiempo, el sueño empieza a convertirse en realidad.

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