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  Los cerezos huidizos, Semana Santa 2005 en Cáceres

¿Quién no ha oído hablar del Valle del Jerte y sus cerezos? ¿Quién no del espectáculo de la floración de un millón de árboles frutales? ¿De las laderas cubiertas de flores blancas? ¿Del Valle de la Vera y sus pueblecitos? ¿De los buitres negros de Monfragüe? ¿Quién no conoce, en suma, el encanto de Extremadura?....

Joaquín Granados, "Quincho". Marzo 2005
 



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Subiendo hacia Piornal


Viernes, 25 de Marzo

Anoche, según iban terminando su recorrido los Empalaos, una verdadera riada de turistas de alto standing abandonaba el pueblo, embarcados en sus coches y camino, suponemos, de sus alojamientos. Tiene que ser divertido, a las dos de la mañana, recorrerte treinta o cuarenta kilómetros hasta tu cama, en medio de un atasco como el que se formó, y que no tenía nada que envidiar a los de Barcelona en hora punta. Nosotros, los del turismo de baja calidad, en cambio, nos dimos un paseito hasta la autocaravana, nos tomamos una copita y tuvimos tiempo de hacer un poco de cháchara. Mira que es duro, esto del turismo de baja calidad.... Total que, cuando despertamos, en el aparcamiento ya no quedan turismos; sólo autocaravanas.
Aprovechamos la mañana para visitar Valverde, que es un pueblo de los mejores del Valle, repleto de balcones, abundante en fuentes, empedrado y con su iglesia y su castillo. Para variar, empieza a llover, pero eso ya no nos desanima: todos los cálculos indican que, o hay algún cerezo en flor en el Jerte, o no los hay en ningún sitio. Y la única forma de saberlo, es cambiar de Valle. Lo que hacemos, via Yuste, Garganta la Olla y subida a Piornal. Para empezar, descubrimos (aunque ya nos había parecido, mirando el calendario), que hoy es Viernes Santo y, por tanto, debe haber llegado la avalancha de visitantes de la Semana Santa propiamente dicha. Y ya ha llegado: la subida a Yuste es a paso de tortuga; atravesar la zona donde está el aparcamiento, un suplicio; los cuatro kilómetros a Garganta la Olla, cuatro torturas. Parece mentira, lo que ha cambiado este sitio en día y medio. Pero, poco a poco, todo se va superando, y empezamos la subida a Piornal..... bajo la lluvia, naturalmente. La carretera es preciosa, está muy bien asfaltada, y es pequeñísima. Para ser exactos, un cartel advierte, antes de la subida, de que el terreno afirmado mide 4 metros. Y una autocaravana, como 2,30; de forma que, cada vez que nos cruzamos con un coche, alguien tiene que parar en la cuneta. Que, por uno de sus lados, no plantea problemas,; pero, por el otro, da a un proceloso abismo. De los coches que nos cruzamos, recuerdo, principalmente, 2 clases (y las recuerdo bien, porque era yo el que iba primero): los que paran a un lado de la carretera (que son los más), y los que paran en medio de la carretera, para que tú les esquives, con la agilidad que caracteriza a todos los autocaravanistas. Qué clase de perversión mental, hastío de vivir o simple mala idea les anima, es algo que ignoro. Pues bien: en media hora me cruzo con cuatro de estos individuos cansados de su existencia (o de la mía). Lo increíble es que nadie acaba despeñado por las laderas cacereñas; se trata, sin duda, de una sucesión de milagros impulsados por San Cristóbal. Gracias, majete.
Llegamos, por fin, a Piornal, en el momento en que para la lluvia. Y, justo antes de llegar, a una zona de acampada al lado de una ermita, y en la que hay unos chicos con todo el aspecto de estar acampando allí. Les preguntamos y nos dicen que, para pernoctar, tenemos que pedir permiso en el Ayuntamiento; pero si sólo es para comer, no hace falta. Pues nada, nos ponemos. Nos ponemos con las autos en U, porque hace un viento que corta la respiración; no en vano, Piornal es el pueblo más alto de Extremadura. Pero, así y todo, comemos opíparamente, bien tranquilos y con un paisaje que no está mal (el de las tres autocaravanas, que cualquiera saca el morro al viento...). Y a seguir, que los cerezos esperan.
Bajamos hacia el valle y, por fin, aparece algún cerezo en flor. No muchos, todo hay que decirlo, pero sí algunos. Corremos a fotografiarlos, no sea que desaparezcan, y seguimos hasta la cascada de Caozo (o Chorrera Alta). Conseguimos aparcar más o menos bien, que ya hay bastantes coches en el aparcamiento, y a darle a la pata se ha dicho. Bien es verdad que hay mucho barro, y que vuelve a lloviznar, pero eso ya no nos preocupa; entre otras cosas, porque ya casi no queda ropa limpia que ensuciar, de forma que sólo manchamos sobre las manchas anteriores. La cosa va adquiriendo rango de estrato geológico: aquí está el barro de la Vera, aquí el del Jerte; esta manchita olvidada debe ser de Monfragüe.... La cascada bien vale el desvío, y aun la mojadura.
Total, que nos ponemos en marcha anocheciendo, y nos metemos por lo que pensamos es una carretera que nos llevará hacia el Valle. Y que nos lleva, pero no es exactamente una carretera, sino una pista que va dando vueltas y vueltas, por en medio (también es mala pata) de millones de cerezos, que en medio de la obscuridad adivinamos florecidos (y tengo pruebas: al día siguiente, una que otra flor apareció pegada a la capuchina. Se ve que me acercé demasiado a alguna rama). Total que es noche cerrada, impenetrable, cuando llegamos a Navaconcejo, y allí no se adivina sitio para pernoctar; que sí, y bastante a mano, un camping, en el que nos refugiamos, justo a tiempo de que el diluvio habitual se desate sobre nosotros.

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Subiendo hacia Piornal   Por fin algunos cerezos
Subiendo hacia Piornal   Por fin algunos cerezos
La Chorrera Alta  
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