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  Los cerezos huidizos, Semana Santa 2005 en Cáceres

¿Quién no ha oído hablar del Valle del Jerte y sus cerezos? ¿Quién no del espectáculo de la floración de un millón de árboles frutales? ¿De las laderas cubiertas de flores blancas? ¿Del Valle de la Vera y sus pueblecitos? ¿De los buitres negros de Monfragüe? ¿Quién no conoce, en suma, el encanto de Extremadura?....

Joaquín Granados, "Quincho". Marzo 2005
 



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Lástima, no es un cerezo


Jueves, 24 de Marzo

Hoy ya sabemos dónde queremos terminar el día: en Valverde de la Vera, para ver los Empalaos. La cuestión es, ¿mientras tanto, qué? El día tiene buen aspecto, y las posibilidades que ofrece el Valle son muchas. Por ejemplo, ayer vimos que un poco antes de Garganta la Olla se visita una garganta, y que había donde aparcar. Con que, sus y a ello. Excursioneamos río arriba, y luego Camino de la Sierra arriba. Bastante abrupto, pero precioso; y en verano, cuando el calor extremeño apriete, debe ser una zona de baño excelente. Finalmente, topamos con un señor que está injertando unas higueras y nos enseña a distinguir los melocotoneros (que tienen flor rosa) de los cerezos (que, de momento, sólo tienen brotes. Maldición). Con unas cosas y otras, se nos va haciendo la hora de comer. Que lo hacemos en un merendero, al lado de la carretera del Valle (a la salida de Jaráiz). Como el merendero tiene fuente, los peques aprovechan para jugar (y ponerse de barro hasta las cejas, de nuevo); algunos mayores, para sestear; otros, para eliminar los últimos restos de aceite.
Por la tarde, y como los Empalaos no empiezan hasta medianoche, nos da tiempo a ver el Pantano de la Vera. Que no sería especialmente destacable de no ser por una extraña estructura de hormigón, a modo de compartimentos escalonados, cuya exacta misión nos mantiene intrigados buena parte de la tarde. Yo apuesto (a ver si alguien me lo puede aclarar) que sirve para que los animales puedan remontar la presa, y así no fragmentar innecesariamente sus poblaciones. Eso aparte, merienda, columpios, árboles, un super aparcamiento: lo necesario, en suma. Como que, si no fuera porque nos vamos a Valverde, sería un sitio elegible para pernoctar. Después, “invadimos” una gasolinera para descargar y cargar de todos los líquidos imaginables, y empezamos a tirar hacia Valverde de la Vera. Al que llegamos ya anochecido, junto con otros tropecientos mil turistas; por suerte, han acondicionado el lateral del campo de fútbol municipal para aparcamiento de autocaravanas, y allí nos plantamos, Por los pelos, porque cogemos los tres últimos sitios. Tenemos tiempo de cenar tranquilamente en la autocaravana, dormir a los peques y repartir turnos para la visita nocturna a los Empalaos.
La de los Empalaos es una tradición, cuyo origen ignoro, consistente en que, en cumplimiento de una promesa, algunos penitentes se amarran, brazos en cruz, a un palo más bien grueso que delgado, mediante vueltas de una soga que les cubre los brazos y todo el torso y, descalzos y ataviados con un a modo de túnica y velo, recorren un vía crucis por todo el pueblo. Para asegurarse la columna vertebral, se colocan, entrelazadas con la soga, dos espadas cruzadas sobre la espalda, descansando en las cervicales. Y a peregrinar. Hay una versión femenina, en forma de nazarenas encapuchadas, vestidas de morado, que acarrean una cruz de madera. No se trata de una procesión, sino que cada Empalao (y cada Nazarena) recorre el vía crucis de forma individual, comenzando sobre la medianoche, y sin seguir necesariamente el mismo orden en el recorrido. Y todo esto, en medio de un silencio, no sepulcral (que sería imposible, dada la afluencia de visitantes), pero sí al menos sobrecogedor. Y envueltos por la iluminación de los flashes, y aun de alguna cámara de televisión, que le restan algo de encanto y, desde luego, mucho de recogimiento. Las sensaciones que provocan no son fáciles de describir: algo a medias entre atávico, ancestral, y religioso; no se sabe muy bien si estamos ante una estampa de la España Negra o de la España verdadera, la que siente sus tradiciones como algo propio. Y, desgraciadamente, tiene un componente de atracción turística, desnaturalizadora, que no se puede ocultar. En todo caso, son sensaciones que cada uno tiene que averiguar por sí mismo, no son sencillas de comunicar.

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Lástima, no es un cerezo   Como si nunca hubieran roto un plato
Lástima, no es un cerezo   Como si nunca hubieran roto un plato
Un empalao  
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