DESCUBRIENDO EL CABO DE GATA

Hacía años que teníamos el Cabo de Gata en el punto de mira, pero nos costaba encontrar el momento y la combinación de tiempo-época del año ideal para visitarlo

Toni de Ros Abril 2019
INTRODUCCIÓN

Hacía años que teníamos el Cabo de Gata en el punto de mira, pero nos costaba encontrar el momento y la combinación de tiempo-época del año ideal para visitarlo. Además, por qué no confesarlo, nos llamaban más la atención otros destinos a pesar de las referencias que teníamos: en todas partes nos lo describían como unos parajes preciosos, pero las fotografía que veíamos no nos mostraban nada que no tuviésemos a pocos km de casa, en la Costa Brava.

Pues bien, al final nos decidimos, esta era el momento y la época del año ideal para no agobiarnos de calor y de gente. Disponíamos de toda la Semana Santa más el lunes de Pascua que es festivo en Catalunya, pero unos compromisos nos obligaban a estar de regreso el jueves Santo. Aún así, y a pesar de la considerable distancia, con 5 días veíamos que era factible para una primera aproximación.

¿La conclusión? Pues que quienes describen maravillas del Cabo de Gata se quedan siempre cortos. Es un lugar para ir y volver una y otra vez, para disfrutar en distintas épocas del año y, como pudimos comprobar, para quedarse a vivir.

No sabría definir cuál es el secreto del Cabo de Gata, donde reside este atractivo que las fotografías no pueden mostrar, pero no hay duda de que se trata de la suma de varias cosas: un bello paisaje sin duda, una luz increíble que nos envuelve y acompaña, un entorno hostil, abrupto, salvaje con poca población y sin demasiada explotación turística, una gente de una extrema amabilidad y cordialidad que les sale de dentro, de su manera de ser... son emociones y sensaciones unidas a los sentidos.

Ha sido un corto viaje de descubrimiento en el que cada dia, a cada paso, nos repetíamos "aquí hemos de volver..."



Sábado, 13 de abril: Sant Andreu de Llavaneres - Cabo de Gata Camper Park (814,9 km)

Salimos de casa a las 11:15, imposible salir antes pues no hemos podido preparar apenas nada en toda la semana. Esto implica pegarse una paliza de km para llegar hoy a la Area de Autocaravanas y poder aprovechar convenientemente los días venideros.

Tenemos un viaje tranquilo, autopista AP-7 hasta Valencia y luego autovía A-7 gratuita hasta prácticamente Níjar, y luego siguiendo las indicaciones del navegador hasta el área.

Llegamos sobre las 9 de la noche y ya está cerrado, pero en el restaurante contiguo nos atienden amablemente y se ofrecen a abrirnos la puerta. Nos aconsejan llamar por teléfono al número que figura en una pizarra como atención las 24 h para avisar que hemos llegado y así lo hacemos. 

Nos conectamos a la corriente, llenamos el depósito de agua limpia del grifo que tenemos junto a la parcela y a cenar y a dormir. Mañana no es necesario madrugar.



Gasoleo: 44493 km. 69,21 l 90,60 €
Gasoleo: 44898 km. 55,93 l 69,86 €


Domingo, 14 de abril: San José, playa Genoveses, Mirador de la Amatista, La Isleta del Moro. (23,7 km)

Hemos descansado muy bien después de la paliza de km de ayer. Nos duchamos en la autocaravana aunque en el área hay duchas, desayunamos y nos acercamos a la recepción para el registro y buscar algo de información.

El encargado es muy amable. Se trata de un extranjero enamorado del Cabo de Gata. Cuando le pedimos un poco de información sobre qué visitar en la zona casi se emociona describiéndonos las maravillas del entorno. Lamenta no tener ningún plano que darnos, pero sobre el que él tiene nos va señalando los lugares emblemáticos, las distancias y la accesibilidad con autocaravana. Nos comenta que cuando estuvo hace un par de años por primera vez en cabo de Gata se enamoró perdidamente de esta tierra y decidió que este era el lugar donde quería vivir, cosa que consiguió hace unos meses. Por lo visto no es un caso aislado ni mucho menos.

Sobre las 11 de la mañana ya estamos listos y salimos hacia el pueblo costero más cercano, San José. Enseguida encontramos un gran descampado habilitado como parking y con una zona señalada para autocaravanas, pero con prohibición expresa de pernoctar e indicaciones de dirigirse a los campings cercanos. Las coordenadas al pie de página.

Aparcamos y nos disponemos a pasear tranquilamente por el pueblo, pero enseguida nos tropezamos con la oficina de información turística y entramos para buscar un mapa y más recomendaciones. Nos atiende muy amablemente una chica que conoce bien la zona y nos marca todas las playas recomendables para visitar y nos describe los accesos, en su mayor parte a pie. También los pueblos del interior y algunos enclaves estratégicos como el Cort¡jo del Fraile, las minas de Rodalquilar o el pueblo de película Los Albaricoques. Salimos con un montón de información y ya con una idea de como nos podemos organizar.

Nos acercamos al puerto, lleno de restaurantes a cual más apetitoso aunque también abundan las pizzerias, hamburgueserías y locales low cost varios, y es que los precios que vemos no son precisamente baratos. A pesar de la hora temprana ya hay cazadores de clientes en algunos, y muy especialmente en el Mediterráneo donde nos animan a tomar una cervecita frente al mar. Los precio que vemos en las pizarras parecen atractivos y el "cazador" se apresura a explicarnos las excelencias de la oferta y los buenos precios que tiene, pero aún es temprano y tenemos otros planes, le prometemos volver en otra ocasión.

Seguimos paseando y tropezamos con la calle del mercado, muy animado y con muchas paradas en la calle. Compramos unas aceitunas para el aperitivo y un gran bote de miel.

San José no tiene mucho más que ver, así que regresamos a la autocaravana a comer y descansar un ratito, para por la tarde hacer una caminata hasta la playa de los Genoveses. En principio queremos ir en la autocaravana puesto que en la información nos han dicho que se puede llegar bien, pero nos liamos y tenemos que aparcar en un descampado y coninuar a pie. Elegimos lo que nos parece el camino más lógico siguiendo la línea de la costa, pero damos un rodeo monumental dado lo sinuosa de la misma. No obstante gozamos del paseo pues de eso se trata y no tenemos ninguna prisa ya nos empieza a cauivar la luz y el paisaje

Llegamos a la gran playa de los Genoveses, una de las más populares del Cabo de Gata gracias a su fácil acceso en coche, a pesar de nuestra experiencia. En esta época del año está muy tranquila aunque ya hay bastante gente tomando el sol y algunos bañistas. La recorremos entera y continuamos hasta la Cala Amarilla o de los Amarillos, preciosa y recogida pero no vemos por dónde bajar sin riesgo a rompernos la crisma. Desistimos cuando vemos que la gente sube por donde no nos atrevemos a bajar, que ya empezamos a tener una edad...

Disfrutamos un rato de las vistas y decidimos emprender el regreso, esta vez siguiendo el camino marcado con toda claridad y que se aleja de la línea de la costa. Yo creo que es en este momento en que el entorno acaba de cautivarnos, y no me preguntéis por qué. Supongo que se trata de un conjunto de sensaciones propiciadas por un paisaje árido y semidesértico, una preciosa luz de atardecer, una temperatura ideal, una naturaleza dura pero hermosa... nada que pueda reflejarse en unas fotografías.

Pasamos por el antiguo molino de Genoveses, en un enclave privilegiado y casi a las puertas de San José, y casi sin darnos cuenta nos encontramos con el descampado donde hemos aparcado la autocaravana.

Enfilamos la carretera que lleva a Rodalquilar, aunque no tenemos muy definido cual va a ser nuestro siguiente destino. Casi nos tropezamos con el Mirador de la Amatista y nos detemos a gozar de las fantásticas vistas con la luz del atardecer. Luego desandamos parte del camino para terminar en La Isleta del Moro, un coquetón pueblecito con una fantástica esplanada donde hay varias autocaravanas aparcadas y con unas privilegiadas vistas al mar. Podemos aparcar muy bien y vamos a pasear por el pueblo, que está visto en pocos minutos pero que es muy prometedor al menos desde el punto de vista gastronómico. Tiene un restaurante estratégicamente situado de las cocinas del cual emanan unos efluvios más que prometedores, pero hoy no toca si no queremos regresar con sobrepeso en la autocaravana. En la plaza está abriendo un pequeño kiosco de tapeo que también pinta de maravilla, por tanto empezamos a tomar notas para futuros viajes.

Tomamos algunas fotos y hacemos unas pocas compras en el supermercado al tiempo que buscamos localizaciones para fotografiar el amanecer. Mañana tocará madrugar.

Regresamos a la autocaravana a cenar y descansar. Aquí anochece bastante más tarde... 

NOTA IMPORTANTE: Una vez publicado este relato recibo un aviso de un lector que fue multado con 200€ por pernoctar en este lugar. Efectivamente se trata de un parque natural y me temía esta posibilidad, pero muchos compañeros autocaravanistas reportan pernoctas sin problemas en toda la zona, y la presencia de autocaravanas es notable. Obviamente esto no es garantía de nada y cada cual actuará bajo su responsabilidad.



Parking San José: N 36º 45' 53" W 2º 06' 35"

Lunes 15 de abril: La Isleta del Moro - Playa de los Muertos - Los Albaricoques - Las Negras - El Playazo - San José (122 km)

Cualquier aficionado a la fotografía de paisajes sabe que las mejores fotografías se toman a primera hora de la mañana o a última hora de la tarde. Pero hay una temática aún más exigente con los horarios: los amaneceres. Para poder captar los mágicos colores del amanecer, aquello que el ojo aún no es capaz de apreciar, hay que estar en el sitio adecuado antes de que las primeras luces tiñan el alba, es decir aún de noche. La ventaja de esta época del año es que aún no hay que madrugar en exceso para ver el alba desde el principio, por lo que es suficiente levantarnos a las 6 de la mañana, tomar un café rápido y bajar a la playa pertrechados de trípodes y filtros para empezar a disfrutar. En total, apenas 1 hora y 1/2 porque cuando el sol ya está por encima del horizonte la escena pierde buena parte de su encanto. Aquí solo puedo mostrar una foto de las obtenidas, pero si os apetece podéis ver una selección en este álbum de Flickr: https://www.flickr.com/photos/12623755@N02/albums/72157690978635273

Terminada la sesión fotográfica volvemos a la autocaravana a desayunar y tomar una ducha, y ya estamos preparados para una nueva jornada. Son las 9 de la mañana, ¡es la ventaja de madrugar!

Tenemos la intención de visitar, en esta primera descubierta del Cabo de Gata, algunas de las playas más emblemáticas del mismo, que probablemente no sean precisamente las mejores o las más bonitas. Considerada una de las mejores playas de España, nos vamos a visitar la Playa de los Muertos, la más alejada y ya cerca del límite norte del Parque Natural. Tomamos la carretera hacia Carboneras y antes de llegar ya nos encontramos con los correspondientes indicadores y un enorme parking donde dejamos la autocaravana sin dificultad. En verano es de pago, pero no en esta época del año. Desde el mismo parking, y sólo cruzando la carretera, encontramos el camino que desciende abruptamente hasta la playa. Es conveniente llevar buen calzado, con chanclas lo vamos a pasar mal, pero de todo hay. Se tarda entre 15 y 20' en bajar por un camino en no muy buen estado y muy transitado. La playa es enorme y muy bonita mirando hacia el sur con un peñasco espectacular dominando el final de la misma. Hacia el norte el paisaje no es muy bonito debido a la vista de las industrias de Carboneras. Parece ser que es una playa un poco traidora, hay un buen escalón nada más entrar en el agua y enseguida dejas de hacer pie. Además es frecuente que las corrientes dificulten la salida del agua, por lo que hay que vigilar mucho a los niños. El macabro nombre viene de los cadáveres de marineros y contrabandistas que naufragaban en estas aguas y que el mar arrastraba hasta la playa.

Nos tumbamos un rato al sol aunque hay mucha gente, cosa sorprendente pues el acceso no es precisamente fácil. No nos bañamos, casi nadie lo hace. Sobre las 13 h ya tenemos suficiente y emprendemos el regreso, ahora de subida. Como aún es temprano cogemos la autocaravana y nos dirigimos hacia el interior, al pueblo de Los Albaricoques. El entorno desértico y la extraordinaria luz de este lugar ha quedado grabado en nuestro recuerdo como el paisaje típico del Oeste americano, pues es aquí, precisamente en Los Albaricoques, donde Sergio Leone rodó sus más conocidas películas: "Por un puñado de dólares", "La muerte tenía un precio" y "El bueno, el feo y el malo". Quizás en esta escena del final de "La muerte tenía un precio" reconozcáis la fotografía que ilustra esta página:

No hay casi nadie por las calles, somos los únicos que vamos siguiendo el recorrido señalizado por los diferentes escenarios de película por calles que llevan nombres como "calle de Ennio Morricone", "calle Clint Eastwood" o "calle Sergio Leone". A decir verdad, fuera de esta curiosidad el pueblo no tiene más historia, pero nos parece curioso y vamos siguiendo el intinerario marcado con plafones donde, con una somera y repetitiva explicación, se muestra el aspecto del lugar en las películas para comparar lo y reconocerlo en la actualidad.

Seguidamente nos dirigimos a otro escenario de película pero también literario, El Cortijo del Fraile. Circulamos por una pista de tierra en bastante buen estado durante un trecho considerable, y enmedio de campos de secano en los que un solitario tractor traza profundos surcos en busca de algo de humedad, aparece el reconocible Cortijo. Se trata de una edificación del s. XVIII en bastante buen estado por el exterior, aunque muy ruinoso el poco interior que podemos ver. Está totalmente vallado para impedir la entrada, lo cual me parece lógico por cuestiones de seguridad pero también es una pena pues pierde buena parte de su encanto. Si seguís el enlace anterior tendréis un poquito de historia, y en el siguiente podréis conocer más del crimen de Níjar, que inspiró la obra Bodas de Sangre de Federico García Lorca. 

Desandamos el camino para regresar a Los Albaricoques y desde allí dirigirnos a Las Negras, en principio sólo un enclave turístico pero que resulta ser un pueblecito muy agradable con muchísima gente joven que regresa de la playa y ocupa las inumerables terrazas de los bares y restaurantes. El ambiente es muy tranquilo y acogedor, apetece mucho tomarse una cerveza y una tapita sentados frente al mar.

Hay un gran parking a la entrada del pueblo donde hay muchas autocaravanas y alguna caravana que no parece estar precisamente de paso. El parking está justo al cado del camping y, por lo visto, no pasa nada.

Aún quedan horas de luz y decidimos acercarnos a otra playa de renombre: El Playazo. Está muy cerca y bien indicada, tiene un gran aparcamiento donde las autocaravanas campan a sus anchas y la verdad es que es muy bonita. Aparcamos y vamos a caminar un rato hasta la cercana fortaleza que cierra uno de sus extremos, disfrutando de un paisaje encantador con la caída de la tarde. Muchas autocaravanas se quedan allí a pasar la noche, es sin duda un magnífico lugar aunque no dispones de ningún servicio. Nosotros no nos quedamos porque esta noche queremos hacer un extra y cenar en un restaurante de San José, nos dio una buena impresión el Mediterráneo, como ya he comentado, y en general no tiene malas críticas en Trip Advisor. Recorremos de nuevo la carretera de la costa pasando por el Mirador de la Amatista, pero no nos detenemos. Aparcamos en San José en el parking para autocaravanas y vamos a buscar mesa. El restaurante por dentro es un poco decepcionante, muy sencillo, pero se ha levantado un aire frío bastante desagradable y no apetece para nada cenar fuera. Es una pena porque la mesa para 2 disponible está en un rincón con vistas al corredor que separa del edificio contiguo, en una sala estrecha dominada por una mesa más larga para grupos y una mesa redonda en la esquina, nosotros entre las 2. No hay manteles, mesa cubierta de hule pero limpia y la carta y el servicio es inequívocamente marroquí, con su verborrea algo difícil de entender pero simpáticos. Pedimos una ensalada de tomate de la región y una parrillada de marisco, sabrosa la primera y más que correcta la segunda. El precio no está mal, pero no es tan barato como se anuncia a bombo y platillo en el exterior y que fue lo que nos llevó a probarlo: la parrillada para 2 personas cuesta 30 €, que está muy bien y más visto lo que ponen, pero la ensalada, el vino, el pan y los postres cuestan 42 € más. Repaso la cuenta y es correcto, pero sorprende un poco aunque a decir verdad, cenar marisco por 36 € por persona y con un buen vino no se puede considerar caro. Con el café te traen una copita de pacharán cortesía de la casa. Por cierto, la comida nos la sirve una andaluza que es un encanto, una más. Me gusta esta gente.

Regresamos a la autocaravana y dudamos de si quedarnos a dormir allí mismo puesto que es evidente que varias autocaravanas se quedan, pero entre la prohibición expresa de pernocta y que el área donde tan bien nos sentimos está a pocos km, nos decidimos por esta última opción. Error, está a tope y no queda ni una sola plaza libre. No nos apetece regresar a San José y nos quedamos en el aparcamiento de fuera, en la carretera. Por la noche pasan pocos coches y dormimos bien.



Martes 16 de abril: El cabo de Gata (26 km)

Nos ponemos en marcha a las 9:30 después de la ducha y desayuno. Vamos bien de aguas y no necesitamos usar el área, siendo 2 personas los 150 litros de agua limpia dan para varios días. Hoy haremos pocos km, vamos al Cabo de Gata propiamente dicho, pueblo y faro, por una magnífica carretera muy distinta de las que hemos encontrado hasta ahora, que sin ser malas son reviradas y con algunas pendientes considerables.

Atravesamos el pueblo y seguimos la línea de la playa hacia el promontorio donde se alza el faro. Terreno ámplio, despejado, mar inmenso, luz que embriaga, aire salino... algo hay en el ambiente que expande el ánimo, que te hace sentir bien. De camino al faro vemos una zona de párking muy bien situada con varias autocaravanas estacionadas correctamente, a la salida del pueblo. Más adelante otra a los pies del promontorio, hay dónde escoger.

Nosotros continuamos por la carretera hacia el faro, con unas rampas bastante pronunciadas y un tramo en el que apenas caben dos coches, por lo que puede ser un problema si el tráfico aumenta y coincidimos en este punto dos autocaravanas, pero a la hora temprana que pasamos nosotros no tenemos ningun problema.

Poco antes de llegar al faro propiamente dicho encontramos un ámplio espacio a nuestra derecha frente al restaurante El Faro, que por cierto tiene que ser una gozada cenar temprano allí, donde aún quedan un par de camper que sin duda han pasado la noche. Nosotros llegamos hasta el faro pero ni nos detenemos, no tiene mucho interés salvo para dar la vuelta comodamente y regresar al espacio que acabamos de ver. Es un mirador fantástico de la punta del Cabo de Gata, a nuestros pies una playa de cantos rodados y a nuestra izquierda la figura imponente del faro, la foto es obligada y es la que encabeza este relato. Maniobramos la autocaravana con la intención de aparcar en primera línea e incluso pernoctar allí, pero lo primero que hacemos es pillar los bártulos de fotografía para intentar conseguir alguna toma interesante. Creo que no lo acabamos de conseguir, insisto una y otra vez en que lo que nos cautiva es un conjunto de sensaciones imposibles de reflejar en unas fotografías. De hecho, no he visto prácticamente ninguna fotografía que se pueda considerar excepcional del paisaje del Cabo de Gata, nada que a priori lo haga mejor o más atractivo que la Costa Brava, por poner un ejemplo que conocemos bien.

Pero lo bueno que tiene la fotografía es que no sólo se disfruta de las imágenes obtenidas sino que además es un apasionante pasatiempo, y en ello invertimos un buen rato enfrascados cada uno por su lado a la caza de la instantánea sublime.

Cuando damos por terminada la sesión nos planteamos de nuevos i quedarnos o no, y decidimos que por la noche todos los gatos son pardos y no se ve nada, puede soplar un viento infernal y pude ser un lugar solitario y desapacible, por lo que decidimos que ya nos acercaremos a ver la puesta de sol pero que aparcaremos abajo en la playa.

Desandamos el camino de nuevo sin problemas en el paso estrecho y aparcamos al pie de la colina del faro, junto al mar, en unos aparcamientos espaciosos y donde ya hay algunas autocaravanas. Viendo Google Maps resulta que está etiquetado como área de autocaravanas, aunque no hay ningún servicio. Bajamos la moto y nos vamos a explorar el pueblo que debe quedar a unos 5 ó 6 km, una larga recta que recorre la estrecha franja de tierra entre las salinas y el mar.El pueblo en si no tiene nada, pero el paseo marítimo es una preciosidad por lo animado que está y por los chiringuitos y restaurantes. Esta es una tierra de tapeo y vinos, de aire libre y de compartir mesa con los amigos o la familia, y resulta sumamente apetecible. Sopla algo de viento pero luce un sol espléndido, el mar es de un azul intensísimo y la luz es un espectáculo. Nos sentimos tan bien que no podemos resistir la tentación y nos dejamos seducir por la oferta de los restaurantes. Hay algunas terrazas al aire libre donde vemos unas fuentes de pescado  espectaculares, pero nos atrae la oferta de un restaurante un poco más serio, La Goleta. Una rápida consulta al Trip Advisorparea constatar la buena puntuación que tiene y nos metemos dentro. No tenemos reserva, claro, pero nos dan una mesa junto a la ventana con muy buenas vistas. El servicio es más que correcto, profesional y amable, nos informa sobre las características de los vinos de la región. La comida está muy bien pero el arroz no es lo suyo. Visto lo que nos pasa por delante de otras mesas, la próxima vez (porque volveremos seguro) nos inclinaremos por una fritada de pescado o algo por el estilo.

De regreso nos detenemos para tomar algunas fotos, aunque dejamos las salinas para mañana.

Descansamos en la autocaravana y luego tomamos la moto para volver al faro, pero esta vez nos desviamos por una carretera antes de llegar al mismo. Está en un stado lamentable, con tantos agujeros que un par de coches casi bloquean el paso al no atreverse a pasar por según que tramos. Con la moto los vamos esquivando hasta que se termina el acceso a vehículos cortado por una cadena. A partir de allí seguimos a pie por una pista de tierra hasta la playa de la Media Luna. Es una buena excursión de unos 45' con unas formidables vistas.

La cala de de Media Luna es una preciosa playa a la que se llega desde la carretera atravesando unos campos de pitas fascinantes. El acceso es mucho mejor desde San José pues comparte aparcamiento con la playa del Mónsul, pero aí estiramos las piernas que poco ejercicio estamos haciendo. Hay bastante gente en la playa, familias con niños que toman el sol e incluso algún baño los más atrevidos, y nosotros nos tumbamos en un estremo a dejarnos acariciar por la brisa y el sol.

Tras una hora de helioterapia emprendemos el camino de regreso disfrutando de un entorno maravilloso, de lo mejor que hemos visto hasta ahora. El sol se acerca a la puesta cuando recuperamos la moto y, sin perder tiempo, nos dirigimos a alguno de los miradores que teníamos vistos, pero hoy no hay una bonita puesta de sol, a veces esto pasa.

Regresamos a la autocaravana, cenamos, nos vemos una peli y a dormir.



Gasoleo: 45.389 km 45,35 l 58 €

Miércoles 17 de abril: Cabo de Gata - Rodalquilar - El Palomar (Valencia) (381 km)

Noche tranquilísima frente al mar. Tan tranquilos estamos que, por primera vez en mucho tiempo, nos despertamos a las 9:15, hemos dormido como lirones y nuestros despertadores biológicos se han tomado el día libre.

Hoy será nuestro último día en Cabo de Gata, aunque desde el principio de etas vacaciones venimos repitiéndonos que se trat sólo de una toma de contacto, que nos ha encantado la zona y que volveremos con tiempo más adelante, cuando nuestras actuales obligaciones laborales nos concedan la tregua indefinida.

Nos quedan pocas cosas por ver de las que marcamos como interesantes en la oficina de turismo, a saber las salinas que tenemos al lado con los correspondientes avistamientos de flamencos y las minas abandonadas de Rodalquilar. Empezamos por las primeras ya que las tenemos aquí mismo, pero nos desplazamos ya en la autocaravana y aparcamos junto a las casas de los salineros. Se trata de un conjunto de habitajes todos iguales que en un principio estaban destinados a alojar a los empleados de las salinas y a sus familias, al modo de las colonias industriales tan comunes en Catalunya. Con el tiempo muchas de ellas han sufrido reformas y ampliaciones, así como cambios de dueño aunque la mayoría siguen perteneciendo a familiares de los salineros. Las hay muy bien conservadas y otras totalmente ruinosas de forma que apenas sirven de cobertizo de herramientas, aunque el conjunto tiene el aspecto de pueblecito con las calles tiradas a cordel y todas las casas iguales pintadas de blanco. No pueden faltar los bancos junto a las puertas para facilitar la conversación y la convivencia de los vecinos.

Los humedales junto a las salinas no son nada del otro mundo, aunque si se pueden observar algunas aves y algún que otro flamenco más adivinado que visto. Personalmente me gustan más las salinas en si por lo que tienen de estético las montañas blancas de sal y las maquinarias. Tenemos que verlo a través de los vallados pues no hay posibilidad de visita.

Seguidamente nos dirigimos hacia Rodalquilar para acercarnos a las minas de oro hoy en desuso. Para llegar atravesamos el pueblo por su calle principal y nos enamora. Está lleno de pequeñas tiendas de artesanía y ropa y de infinidad de bares y restaurantes, todos con su terracita para ver pasar el tiempo y el mundo como si no hubiese mañana.

Tenemos que seguir las claras indicaciones y dejamos atrás el poblado minero abandonado para ascender hacia la mina. Podemos aparcar sin dificultad en la entrada de la misma, donde termina el asfalto. Más tarde veremos una autocaravana bastante más pequeña que la nuestra que sigue camino arriba y desaparece por detrás de la mina, ni idea de a donde se dirige pero que conste que el camino, de piedras y tierra, es accesible.

La mina es impresionante. Un espléndido ejemplo de arquitectura industrial que se nos aparece como un gigante dormido. En unos plafones podemos ver su estructura y funcionamiento, e intentar comprender para qué servían cada una de las instalaciones. Las minas estuviero en funcionamiento, con altibajos, hasta 1990 en que cerraron definitivamente por falta de rentabilidad. Gracias a la "fiebre del oro" de Rodalquilar, este pueblecito llegó a tener más de 1.300 habitantes, y una muestra de ello es la colonia abandonada donde vivían los mineros y sus familias. Todo un pueblo con sus calles y jardines, sus casas de dimensiones y estructuras distintas suponemos que en función de la jerarquía de sus moradores, pero hay diferencias más que evidentes.

Paseamos por este pueblo fantasma cuando nos cansamos de la mina fantasma. Varias manzanasa están valladas para impedir el acceso, pero otras no y se puede acceder a alguna de las casas entrando por los patios traseros. Aunque abandonadas y saqueadas, no todas están en ruinas aunque si la mayoría. Unas pocas casas de las primeras han sido reabilitadas y acondicionadas para ser residencias de turismo rural, y a fe de que casi todas podrían ser objeto de reabilitación. Otra cosa es si el municipio está preparado para ello.

La calle principal nos ha enamorado y decidimos darnos un último homenaje antes de emprender el regreso. Hay muchos restaurantes y bares de tapas, pero pocos nos llaman la atención al examinar las cartas. Finalmente nos quedamos en uno que nos parece muy sencillo pero auténtico, con pizarras anunciando el producto y, dato importante, con ya bastante gente a pesar de que es temprano. Cuando en un restaurante no hay nadie... ¡mala señal! Tienen mesa para dos, ningún problema. La camarera guapísima y muy simpática, estudiante universitaria que trabaja en vacaciones para sacarse unos dinerillos nos sirve las cervezas y las consoguientes tapas a escoger entre las anunciadas en las pizarras. aqui hay un pequeño fallo porque pedimos unas tapas calientes que tardan un poquito. Al poco rato nos atiende el torbellino que estamos viendo servir las mesas, se trata de Lola, la propietaria junto a su marido que es el encargado de comprar el pescado. Lola es una andaluza de pura cepa que no ha necesitado ir a ninguna escuela de negocios para llevar un restaurante. Sabe lo que su marido se ha traido de la lonja y te lo ofrece, nunca engaña. Es pura alegría y simpatía, charla por los descosidos y te hace sentir como en casa. Para ella eres importante y necesita que estés a gusto, sabe como hacerlo. Nos encanta su reacción cuando le decimos que vamos en autocaravana: "Son mis preferidos, con lo que se ahorran de hotel vienen aquí y ¡gastan mucho más!". Nos pide abiertamente que le pongamos 5 estrellas en TripAdvisor. Lo dicho, no necesita escuela. Comemos una parrillada de pescado digna de hacerle la ola, que junto con las tapas resultan una comida completa y abundante. El precio muy correcto y la calidad excelente. Tomamos nota y le prometemos volver, es El Cinto.

Esta mañana y mediodía han sido un colofón perfecto a este descubrimiento del Cabo de Gata. Sin aspavientos, simplemente hermoso y agradable.

Y bien, nos volvemos a la autocaravana a hecharnos una siesta como dios manda y luego, tranquilamente y sin ninguna prisa, iniciamos el regreso a casa para no tener mañana una paliza de kms.

Cuando nos cansamos de conducir a las 8:45 y ya en la provincia de Valencia, buscamos en Park4night un lugar donde dormir y encontramos una área de camino, en El Palomar. Muy grande, sin apenas ocupación y junto al camping, 5 €. Aún no ha anochecido y podemos descansar tranquilamente, ver una película y cenar un poco.

Noche en calma absoluta



Gas-oil: 45.623 km 43,12 l 55,15 €

Jueves 18 de abril: El Palomar - Sant Andreu de Llavaneres (488 km)

Viaje de regreso sin contratiempos, comida en ruta y llegada a casa a media tarde, con tiempo de pegarle un baldeo a la autocaravana.

EPILOGO:

Ha sido un viaje en unas fechas algo inusuales, regresando a casa el día que mucha gente empieza su escapada de Semana Santa, pero las circunstancias obligan. No obstante han sido días bien aprovechados para hacer un turismo tranquilo, pocos km una vez llegados al destino y dejando cosas para más adelante.

No quiero terminar sin insister en que el Cabo de Gata es mucho más que lo que veréis en las fotografías y en los folletos turísticos. Personalmente había oído hablar mucho de este lugar y de gente que afirmaba que era precioso, pero lo que veía no reflejaba nada especial. Bonito si, pero sin más. Es cuando estás allí que te das cuenta de que algo te enamora, pero no es solo el paisaje que lo és, porque es precioso en su aridez, magestuoso en su desolación; es su luz, la gente alegre y amable, la comida, el saber vivir, la no excesiva explotación turística... En fin, hay que verlo.

Sant Andreu de Llavaneres a 4 de junio de 2019



Gas-oil: 46.112 km 66,99 l 87,02 €

Viajar en Autocaravana
Con el soporte de Autosuministres Motor, S.A.



© Viajar en Autocaravana, 2006