Los cerezos huidizos, Semana Santa 2005 en Cáceres

¿Quién no ha oído hablar del Valle del Jerte y sus cerezos? ¿Quién no del espectáculo de la floración de un millón de árboles frutales? ¿De las laderas cubiertas de flores blancas? ¿Del Valle de la Vera y sus pueblecitos? ¿De los buitres negros de Monfragüe? ¿Quién no conoce, en suma, el encanto de Extremadura?....

Joaquín Granados, "Quincho" Marzo 2005
   
Introducción
   
¿Quién no ha oído hablar del Valle del Jerte y sus cerezos? ¿Quién no del espectáculo de la floración de un millón de árboles frutales? ¿De las laderas cubiertas de flores blancas? ¿Del Valle de la Vera y sus pueblecitos? ¿De los buitres negros de Monfragüe? ¿Quién no conoce, en suma, el encanto de Extremadura?.... pues conocerlo, lo que se dice conocerlo, nosotros no lo conocíamos. Y ningún verano nos hemos atrevido a ir, pensando que será una especie de horno: estaba reservada para una Semana Santa. Como ésta, por ejemplo. Así que, vamos allá, nos decimos. Y nos lo decimos, los “habituales” de estas andanzas (Mila, Esteban, Javier y Marta, por un lado; Maria Jesús, el Autor, Miguel y Adrián, por otro), y un fichaje de futuro: nuestros amigos Rosa, Xavi, Alba y Mireia. Que el verano pasado tuvieron su prueba del fuego alquilando una autocaravana y se quedaron convencidos. O que no se quedaron. O que sí. Vamos, que lo van a volver a probar. En total, seis adultos y seis peques. El mayor (de los peques, que de los adultos soy yo, y mejor no meneallo…), no llega a 7 años, y el menor justo acaba de cumplir los 3. Y dos autocaravanas que salen de Barcelona, un coche camino de Salamanca, donde se alquilará otra auto, y nos juntaremos ya en Extremadura… fácil de planificar, que para eso están las guias, Internet, foros, revistas…. la pucha de papeles que llevamos.

 
Viernes, 18 de Marzo
   
Lo primero, trabajar, que es día laborable. Y suerte de que los viernes, salimos antes. Y, a mediodía, a recoger la auto a Terrasa. ¿Habrá atasco? Como que estoy sin comer, seguro que lo hay. Y tremendo. Aparco más o menos delante de casa y me voy a devorar un bocata mientras Maria Jesús recoge a los chicos en el colegio… momento que aprovecha algún desaprensivo para abollarme un poco el capó. Por la altura del golpe y el color de los raspones, debe ser un camionero (sin escrúpulos) con un camionazo azul. Por la cantidad (cero absoluto) de notas que deja con sus datos, para que nos pongamos en contacto con su aseguradora, debe ser un analfabeto funcional. Pues qué bien.
Cargamos a toda pastilla, aprovechándonos de que ya teníamos todo más o menos preparado y salimos como a las 6 y media de la tarde. Por una vez, y sin que sirva de precedente, el tráfico de salida va bastante fluido, y no paramos hasta la hora de cenar, en los Monegros. Luego seguimos un poco más, para no tener que atravesar Zaragoza al día siguiente, y nos quedamos a dormir en el pueblo de la Muela. En una calle apartada, muy amplia y con mogollón de sitio para aparcar. ¿Será que nuestra suerte mejora? Bueno, a lo tonto, a lo tonto, nos hemos hecho más de 340 kms que, cuando sales de Barcelona un viernes, junto con los otros chorrecientos mil vehículos de fin de semana, tampoco está tan mal.

 
Sábado, 19 de Marzo
   
Hoy queremos llegar hasta Toledo, de forma que no hay por qué correr demasiado. De hecho, lo que conviene es pasar por Madrid a media tarde, para no encontrar Operaciones Salida. Por el camino vemos cantidad de frutales en flor. ¿Serán cerezos? (nos preguntamos con emoción…) pues no, son almendros, y melocotoneros, que florecen antes. Vaya por Dios.
A la hora de comer salimos de la autovía y nos metemos en un pueblecito de Guadalajara (La Cabrera; está cerca de Sigüenza), a comer en pleno campo y junto al río. Por la tarde, después de atravesar Madrid (suerte de GPS, pero, ¿por qué se empeña en llevarnos hacia autopistas de peaje?), llegamos hasta Toledo. Aparcamos al lado de la estación de autobuses (la dirección exacta está en esta misma página, en la sección “Donde parar” de Preparando una salida), y hacemos un poco de visita. Sólo hasta la Puerta de la Bisagra y poco más, que los pequeños parece que andan cansadotes. Y algunos adultos también, para qué negarlo.

 
Comiendo en la Cabrera
Comiendo en la Cabrera
Toledo de noche
Toledo de noche
Domingo, 20 de Marzo
   
Toledo todo el día. No sé qué decir que no se haya dicho ya, y mejor, en muchas ocasiones. Puerta de la Bisagra, subida hasta Zocodover, Alcázar (por fuera sólo, que están de obras), Catedral (con misa cantada de Domingo de Ramos oficiada por el Cardenal Primado, nada menos), Conde Orgaz, Judería…. Quedamos hechos polvo, hasta el extremo de que tenemos que volver en taxi al aparcamiento; pero ¡qué maravilla!. A los chicos lo que más les impresiona son las armaduras y las espadas (era de prever); a mí, el inabarcable despliegue artístico de la Iglesia Católica. ¡Qué barbaridad!

 
Lunes, 21 de Marzo
   
¿Recordáis aquella canción de Bangles, la de “Manic Monday”? ¿O el “I don´t like Mondays”, de Boomtown Rats?… aquellos tiempos lejanos en que Bob Geldof se dedicaba a la música, y no a la caridad organizada.... jo, que carroza me estoy volviendo. Pues eso, que es lunes y el aparcamiento en el que hemos dormido a pierna suelta (y que ayer estaba totalmente vacío salvo por nosotros y por una autocaravana que llegó a la hora de la cena procedente del Pais Vasco), hoy está abarrotado de coches de toledanos que, afanosos, inician su jornada laboral. Y, para salir, tenemos que hacer las mil y una maniobras. Conseguimos no romper nada (nuestra suerte está cambiando, vaya que sí), y podemos poner ruta hacia Extremadura sin más percance. Pero, ¡qué sudores!
Queremos empezar visitando Monfragüe, pero nuestros amigos Rosa y Xavi han ido a Salamanca a recoger la auto alquilada, y no se la entregan hasta las 10; así que quedamos en Plasencia. Aparcamos delante del Cementerio de Santa Teresa (“Donde Parar”, otra vez – gracias Everno, quien quiera que seas), comemos, contemplamos un nido de cigüeñas y, por fin, llegan nuestros amigos. Menos mal, porque ya eran 2 días con la cantinela “¿Cuándo vienen las nenas?” “¿Cuándo llega la otra auto?” Por la tarde, visitamos Plasencia bajo lo que parece una incipiente lluvia, que se va transformando en diluvio universal según avanza la tarde.
La Catedral de Plasencia es un curioso conjunto de catedral nueva construida junto a y sobre la Catedral Vieja, de la cual se reciclaron piedras y paredes. Como ya empieza a ser costumbre, el despliegue artístico es impresionante: en un recinto apartado, poco iluminado y peor señalizado, hay una serie de cuadros. Intrigado, me acerco a las mini etiquetas y confirmo, con sorpresa, que un San Juan Bautista es de Caravaggio, y una Piedad, puede que de Zurbarán (o de un discípulo). Y todo esto se exhibe…., no, no se exhibe, hay que encontrarlo, en una esquina cualquiera. Nos hacemos cruces pensando en lo que sería un inventario de todas las obras de arte de todas las catedrales españolas…..
La Plaza Mayor y las calles adyacentes, bastante bien conservadas, también merecen la visita. Ahora bien, ya no llueve: inunda; de forma que nos toca parada para la merienda de los peques y la caña con tapita de los mayores. Sanísima costumbre, la de la tapa, que en el Levante pocos bares tienen. Y es una pena; sobretodo cuando, como es el caso, la tapa es de jamón de la tierra…… Después de la merendola, intentamos seguir el paseo; pero ya no inunda, desborda. Me toca entretener a los pequeños, contándoles cuento tras cuento, que para algo tiene uno la inventiva. Y a dormir al mismo parking del cementerio donde hemos comido, que no está el día para viajes. No parece que de su sepultura se escapara ningún aparecido, con intenciones acaso siniestras, aviesas; si lo hizo, no me enteré de nada.

 
Joaquín Cuentacuentos en acción
Joaquín Cuentacuentos en acción
Martes, 22 de Marzo
   
A Monfragüe, se ha dicho. Nos ponemos en marcha, paramos un poco en el super y seguimos hasta el aparcamiento del Centro de Interpretación, donde ya hay un par de madrugadores aparcados… o quizá, es que han pasado allí la noche. Vamos tomando contacto con el paisaje del norte de Extremadura: alguna dehesa, pero no demasiadas, porque aquí el terreno es bastante quebrado, muy verde y arbolado. Desde la autocaravana se ven cantidad de vacas y caballos, y con los peques vamos haciendo competición de quién los encuentra antes. No se ve ningún cerdo ibérico con vida; en la charcutería, difuntos, sí que hemos visto algunos. Los cerezos, de momento, desaparecidos. En el Centro, cogemos un par de mapas, y empezamos una excursión sencillita (por los peques.... ¡qué bien viene tener excusa, a veces!....), la de Villareal-Tajadilla, que va bordeando el Tiétar y en la que es de esperar encontrar algún nido de buitres. La verdad es que no vemos ni uno hasta que aparecen un par de excursionistas con un teleobjetivo modelo paparazzi de revista del corazón y nos ponen sobre la pista de uno. Pero cuesta de ver el polluelo hasta con los prismáticos. Junto a una de las fuentes (la de los 3 Caños) hay un merendero y un aparcamiento bastante grande y bastante escondido…. No digo más, aquí podemos quedarnos a comer: mientras los peques van andando (con sus mamás), a los “maromos” nos toca deshacer toda la excursión, coger las autocaravanas y llegar al aparcamiento. De aquí, a la mesa del merendero y ñam, ñam.
Por la tarde, primero, nos acercamos al Salto del Gitano, que es una peña al lado del río, en la cual anidan buitres (muchos), águilas (1 pareja – no la vimos) y cigüeñas negras (que tampoco. Y eso que estaba el nido, pero las cigüeñas, no). Conseguimos aparcar (y mira que es difícil encontrar sitio para tres autocaravanas grandes) y dedicar un rato a seguir el vuelo de los buitres. Y después, subida al Castillo de Monfragüe. Una autocaravana sube, cargada con los más pequeños, hasta el final de la carretera; las otras dos se quedan en el aparcamiento inferior y los tripulantes le damos un poco al zapato. La vista desde arriba es, verdaderamente, impresionante: se abarca una porción de Extremadura que no se mide a palmos, ni mucho menos: hasta bastante más allá del pantano de Gabriel y Galán. No se ven cerezos, ¿dónde los habrán escondido?
Para cuando bajamos, ya cae la noche a todo meter, y el aparcamiento del castillo está más que inclinado; por otra parte, el sitio donde hemos comido tenía buen aspecto, así que allí nos vamos, esperando que no esté abarrotado. Y no lo está: hay una Camper solitaria, de forma que aparcamos procurando estorbar lo menos posible y a cenar a la misma mesa del merendero. Y a planchar la oreja, que hoy hemos andado la tira.

 
Monfragüe
Monfragüe
De expedición por Monfragüe
De expedición por Monfragüe
Miércoles, 23 de Marzo
   
La del Alba sería, o poco menos, cuando, y para empezar bien el día, Adriancillo me saca de la cama.... y aun no son las 7 de la mañana. Pues vale, hombre. Pues qué bien. Desayunamos tranquilamente, jugamos, contamos cuentos y, al final, el resto de la expedición va abriendo el ojo. Aparece un guardia del Parque Natural, muy amable, que nos dice que, por favor, despejemos el aparcamiento antes de que empiece a llegar mucha gente, porque esperan una afluencia de coches más que considerable. Como el guarda tiene sobrada razón, y nosotros ya no hacemos nada en este aparcamiento, aparejamos nada más desayunar, camino (pensamos) de Yuste. Y digo “pensamos”, porque no sé qué tontería hago con el GPS, que comando la expedición hacia Trujillo. Cuando nos damos cuenta, tenemos que desandar unos kilometrillos de nada. Y, a todo esto, necesitamos urgentemente una gasolinera, porque nos desborda el agua sucia, de modo que cogemos hacia Malpartida de Plasencia. Y ya estamos llegando, cuando nuestra suerte hace su aparición más inesperada, en forma de vuelco de una garrafa de aceite, con cosa de 3 litros, que no habíamos asegurado bien. Renuncio a describir la que se nos monta, pero si alguien quiere hacerse idea, le aconsejo que visite la churrería más cercana y meta la nariz en el aceite (antes de hervir, que luego hace pupa): ese es un indicio, más bien pálido, de cómo nos olía la autocaravana después de recoger todo el aceite y pegar unas cuantas fregadas.
Con la autocaravana bien aceitada y demás, nos vamos acercando al valle de la Vera y, entre uno y otro fregoteo, se nos hace la hora de comer en Jaraiz de la Vera. Otrosí, llovizna un poco, así que nos vamos de restaurante, que las penas con pan, son menos. Y muchas ganas de cocinar no nos quedaban, con todo lo que llevábamos olfateado.
Tras la comida (por cierto, el cochinillo estaba para chuparse los dedos), vamos al Monasterio de Yuste. Mucha gente en las visitas guiadas, pero son las únicas que permiten. La visita al Monasterio no es gran cosa; está muy orientada a los recuerdos de la estancia de Carlos I, de forma que se visitan las salas que ocupó el Emperador, que son de ascetismo monacal (nunca mejor dicho), pero no el Monasterio en sí. El sitio, en cambio, sí que está bien elegido, en medio de un bosque rebosante de verdor (y barro, ya que entramos en detalles). Damos un pequeño paseo por una ladera, y nos embarcamos hacia nuestro siguiente destino: Garganta la Olla, muy recomendado en todas las guías.
Guías que no previenen de un entusiasta aparca coches local, que nos indica donde dejar las autocaravanas (la verdad es que el pueblo está abarrotado, de forma que no parecía tarea fácil), pero que guiándole una maniobra a Xavi le lleva a hacerse un bollo con un pilón de recio granito. Maldiciendo de nuestra suerte, pero con buen ojo de tasador, evaluamos lo que va a costar la broma: como mucho, como mucho, 600 euros, que es la fianza que dejó al alquilar la autocaravana. Como poco, como poco, ya veremos (a ver cómo le tratan cuando la devuelva). Después de eso, visitamos el pueblo, que no está mal, pero no es para tanto como decían (o es que estamos un poco depre con tanto sobresalto). Lo que sí es notable es el emplazamiento del pueblo, más que el pueblo en sí.
Y a dormir, al aparcamiento del Monasterio de Yuste. Mientras esperábamos para hacer la visita, ya habíamos visto que había una zona no muy inclinada, y una buena dotación de vigilantes de una empresa de seguridad. Les preguntamos si podemos pernoctar, y no nos ponen ninguna pega; al contrario, ellos mismos nos aconsejan que lo hagamos, ya que tenemos vigilancia 24 horas. Pues muy agradecidos, muchachos. Durante la cena, aparecen un buen número de autocaravanas, incluyendo a una de la Unió d’Autocaravanistes que nos vamos a ir encontrando los días siguientes. Recuerdos.

 
Garganta la Olla
Garganta la Olla
Jueves, 24 de Marzo
   
Hoy ya sabemos dónde queremos terminar el día: en Valverde de la Vera, para ver los Empalaos. La cuestión es, ¿mientras tanto, qué? El día tiene buen aspecto, y las posibilidades que ofrece el Valle son muchas. Por ejemplo, ayer vimos que un poco antes de Garganta la Olla se visita una garganta, y que había donde aparcar. Con que, sus y a ello. Excursioneamos río arriba, y luego Camino de la Sierra arriba. Bastante abrupto, pero precioso; y en verano, cuando el calor extremeño apriete, debe ser una zona de baño excelente. Finalmente, topamos con un señor que está injertando unas higueras y nos enseña a distinguir los melocotoneros (que tienen flor rosa) de los cerezos (que, de momento, sólo tienen brotes. Maldición). Con unas cosas y otras, se nos va haciendo la hora de comer. Que lo hacemos en un merendero, al lado de la carretera del Valle (a la salida de Jaráiz). Como el merendero tiene fuente, los peques aprovechan para jugar (y ponerse de barro hasta las cejas, de nuevo); algunos mayores, para sestear; otros, para eliminar los últimos restos de aceite.
Por la tarde, y como los Empalaos no empiezan hasta medianoche, nos da tiempo a ver el Pantano de la Vera. Que no sería especialmente destacable de no ser por una extraña estructura de hormigón, a modo de compartimentos escalonados, cuya exacta misión nos mantiene intrigados buena parte de la tarde. Yo apuesto (a ver si alguien me lo puede aclarar) que sirve para que los animales puedan remontar la presa, y así no fragmentar innecesariamente sus poblaciones. Eso aparte, merienda, columpios, árboles, un super aparcamiento: lo necesario, en suma. Como que, si no fuera porque nos vamos a Valverde, sería un sitio elegible para pernoctar. Después, “invadimos” una gasolinera para descargar y cargar de todos los líquidos imaginables, y empezamos a tirar hacia Valverde de la Vera. Al que llegamos ya anochecido, junto con otros tropecientos mil turistas; por suerte, han acondicionado el lateral del campo de fútbol municipal para aparcamiento de autocaravanas, y allí nos plantamos, Por los pelos, porque cogemos los tres últimos sitios. Tenemos tiempo de cenar tranquilamente en la autocaravana, dormir a los peques y repartir turnos para la visita nocturna a los Empalaos.
La de los Empalaos es una tradición, cuyo origen ignoro, consistente en que, en cumplimiento de una promesa, algunos penitentes se amarran, brazos en cruz, a un palo más bien grueso que delgado, mediante vueltas de una soga que les cubre los brazos y todo el torso y, descalzos y ataviados con un a modo de túnica y velo, recorren un vía crucis por todo el pueblo. Para asegurarse la columna vertebral, se colocan, entrelazadas con la soga, dos espadas cruzadas sobre la espalda, descansando en las cervicales. Y a peregrinar. Hay una versión femenina, en forma de nazarenas encapuchadas, vestidas de morado, que acarrean una cruz de madera. No se trata de una procesión, sino que cada Empalao (y cada Nazarena) recorre el vía crucis de forma individual, comenzando sobre la medianoche, y sin seguir necesariamente el mismo orden en el recorrido. Y todo esto, en medio de un silencio, no sepulcral (que sería imposible, dada la afluencia de visitantes), pero sí al menos sobrecogedor. Y envueltos por la iluminación de los flashes, y aun de alguna cámara de televisión, que le restan algo de encanto y, desde luego, mucho de recogimiento. Las sensaciones que provocan no son fáciles de describir: algo a medias entre atávico, ancestral, y religioso; no se sabe muy bien si estamos ante una estampa de la España Negra o de la España verdadera, la que siente sus tradiciones como algo propio. Y, desgraciadamente, tiene un componente de atracción turística, desnaturalizadora, que no se puede ocultar. En todo caso, son sensaciones que cada uno tiene que averiguar por sí mismo, no son sencillas de comunicar.

 
Lástima, no es un cerezo
Lástima, no es un cerezo
Como si nunca hubieran roto un plato
Como si nunca hubieran roto un plato
Un empalao
Un empalao
Viernes, 25 de Marzo
   
Anoche, según iban terminando su recorrido los Empalaos, una verdadera riada de turistas de alto standing abandonaba el pueblo, embarcados en sus coches y camino, suponemos, de sus alojamientos. Tiene que ser divertido, a las dos de la mañana, recorrerte treinta o cuarenta kilómetros hasta tu cama, en medio de un atasco como el que se formó, y que no tenía nada que envidiar a los de Barcelona en hora punta. Nosotros, los del turismo de baja calidad, en cambio, nos dimos un paseito hasta la autocaravana, nos tomamos una copita y tuvimos tiempo de hacer un poco de cháchara. Mira que es duro, esto del turismo de baja calidad.... Total que, cuando despertamos, en el aparcamiento ya no quedan turismos; sólo autocaravanas.
Aprovechamos la mañana para visitar Valverde, que es un pueblo de los mejores del Valle, repleto de balcones, abundante en fuentes, empedrado y con su iglesia y su castillo. Para variar, empieza a llover, pero eso ya no nos desanima: todos los cálculos indican que, o hay algún cerezo en flor en el Jerte, o no los hay en ningún sitio. Y la única forma de saberlo, es cambiar de Valle. Lo que hacemos, via Yuste, Garganta la Olla y subida a Piornal. Para empezar, descubrimos (aunque ya nos había parecido, mirando el calendario), que hoy es Viernes Santo y, por tanto, debe haber llegado la avalancha de visitantes de la Semana Santa propiamente dicha. Y ya ha llegado: la subida a Yuste es a paso de tortuga; atravesar la zona donde está el aparcamiento, un suplicio; los cuatro kilómetros a Garganta la Olla, cuatro torturas. Parece mentira, lo que ha cambiado este sitio en día y medio. Pero, poco a poco, todo se va superando, y empezamos la subida a Piornal..... bajo la lluvia, naturalmente. La carretera es preciosa, está muy bien asfaltada, y es pequeñísima. Para ser exactos, un cartel advierte, antes de la subida, de que el terreno afirmado mide 4 metros. Y una autocaravana, como 2,30; de forma que, cada vez que nos cruzamos con un coche, alguien tiene que parar en la cuneta. Que, por uno de sus lados, no plantea problemas,; pero, por el otro, da a un proceloso abismo. De los coches que nos cruzamos, recuerdo, principalmente, 2 clases (y las recuerdo bien, porque era yo el que iba primero): los que paran a un lado de la carretera (que son los más), y los que paran en medio de la carretera, para que tú les esquives, con la agilidad que caracteriza a todos los autocaravanistas. Qué clase de perversión mental, hastío de vivir o simple mala idea les anima, es algo que ignoro. Pues bien: en media hora me cruzo con cuatro de estos individuos cansados de su existencia (o de la mía). Lo increíble es que nadie acaba despeñado por las laderas cacereñas; se trata, sin duda, de una sucesión de milagros impulsados por San Cristóbal. Gracias, majete.
Llegamos, por fin, a Piornal, en el momento en que para la lluvia. Y, justo antes de llegar, a una zona de acampada al lado de una ermita, y en la que hay unos chicos con todo el aspecto de estar acampando allí. Les preguntamos y nos dicen que, para pernoctar, tenemos que pedir permiso en el Ayuntamiento; pero si sólo es para comer, no hace falta. Pues nada, nos ponemos. Nos ponemos con las autos en U, porque hace un viento que corta la respiración; no en vano, Piornal es el pueblo más alto de Extremadura. Pero, así y todo, comemos opíparamente, bien tranquilos y con un paisaje que no está mal (el de las tres autocaravanas, que cualquiera saca el morro al viento...). Y a seguir, que los cerezos esperan.
Bajamos hacia el valle y, por fin, aparece algún cerezo en flor. No muchos, todo hay que decirlo, pero sí algunos. Corremos a fotografiarlos, no sea que desaparezcan, y seguimos hasta la cascada de Caozo (o Chorrera Alta). Conseguimos aparcar más o menos bien, que ya hay bastantes coches en el aparcamiento, y a darle a la pata se ha dicho. Bien es verdad que hay mucho barro, y que vuelve a lloviznar, pero eso ya no nos preocupa; entre otras cosas, porque ya casi no queda ropa limpia que ensuciar, de forma que sólo manchamos sobre las manchas anteriores. La cosa va adquiriendo rango de estrato geológico: aquí está el barro de la Vera, aquí el del Jerte; esta manchita olvidada debe ser de Monfragüe.... La cascada bien vale el desvío, y aun la mojadura.
Total, que nos ponemos en marcha anocheciendo, y nos metemos por lo que pensamos es una carretera que nos llevará hacia el Valle. Y que nos lleva, pero no es exactamente una carretera, sino una pista que va dando vueltas y vueltas, por en medio (también es mala pata) de millones de cerezos, que en medio de la obscuridad adivinamos florecidos (y tengo pruebas: al día siguiente, una que otra flor apareció pegada a la capuchina. Se ve que me acercé demasiado a alguna rama). Total que es noche cerrada, impenetrable, cuando llegamos a Navaconcejo, y allí no se adivina sitio para pernoctar; que sí, y bastante a mano, un camping, en el que nos refugiamos, justo a tiempo de que el diluvio habitual se desate sobre nosotros.

 
Subiendo hacia Piornal
Subiendo hacia Piornal
Por fin algunos cerezos
Por fin algunos cerezos
La Chorrera Alta
La Chorrera Alta
Sábado, 26 de Marzo
   
Pese a la lluvia, yo he dormido a pierna suelta, y creo que todos hemos hecho lo mismo, de forma que, por una vez, ningún peque me saca de la cama antes de que salga el sol. Para empezar, aprovechamos las ventajas de la vida campista: a la ducha se ha dicho. ¡Cuánto espacio! ¡Cuánta agua! ¡Vaya cacho de espejo para afeitarse! Cortadito en el bar a media mañana, sesión de cuentos, a vaciar aguas sucias y al volante. Queremos llegar a la Garganta del Infierno, a ver si la pertinaz llovizna ha apagado las llamas de Pedro Botero, o no. Aparcamiento bien organizado, aunque fangoso (¡qué sorpresa!), mochilita (para subir a Adrián), y al monte. Monte que no podemos recorrer en toda la extensión que hubiéramos deseado, porque, ya a la entrada del Parque, nos informa un guarda de que hay varios vados intransitables. Pero, con todo y con eso, tenemos un buen trecho que subir, hasta llegar a un sitio desde donde hay una buena vista de las cascadas.
Acabamos tardísimo y muertos de hambre, de forma que comemos cualquier cosa en la autocaravana, sesteamos unos minutitos y tiramos hacia nuestro, ¡sniff! penúltimo destino en este viaje: Hervás. De todas formas, ahora que ya hemos visto los cerezos, ¿qué más queremos? Pues queremos ver el barrio judío de Hervás y ponernos en el Valle del Ambroz, que mañana nos toca ir tirando hacia Salamanca, porque Xavi y Rosa tienen que devolver allí la autocaravana. El puerto de Honduras no es ninguna tontería, con esta lluvia y el frío que hace; la cola que se monta detrás nuestro, tampoco. Pero todo se puede hacer, incluso parar arriba del todo para admirar la vista del Valle de Ambroz. Hace un frío que corta el hipo, por cierto.
En Hervás, para variar, nos cae un chorro de agua más que considerable, así que nos refugiamos en un bar, a que merienden los peques, antes de visitar el pueblo. Que es precioso y, efectivamente, el barrio judío puede presumir de ser el mejor conservado de España. Va llegando la hora de cenar, y queremos poner la guinda gastronómica a estas vacaciones: ¿conseguirán nuestros héroes afamados hacer una barbacoa en medio de la lluvia? Pues, de momento, lo van a intentar.
Lo primero es encontrar el sitio, y eso ya lo teníamos preparado desde que, al entrar al pueblo, vimos la plaza de toros. Al lado mismo hay fuente, explanada para aparcar (aunque un poco inclinada), merendero y barbacoas de obra. El carbón va en nuestra auto desde Barcelona; la carnicería, al lado mismo de donde hemos merendado, de forma que estamos más que equipados. Hacer fuego en estas condiciones es sencillo; mantenerlo con vida, parece imposible hasta que se produce el milagro: caen cuatro gotas, conque tiramos la toalla y nos volvemos a las autocaravanas. Justo entonces, deja de llover, nos volvemos a ver si queda algo de nuestra hoguera y encontramos, ¡oh cielos y tierra!, unas brasas más que halagüeñas: está claro, somos nosotros los que sobramos, el fuego tira solo muy bien, hasta lloviendo (con tal de que nosotros no intentemos hacer nada). Después de esperar unas horas interminables (porque el hambre acecha), conseguimos finalmente una cena digna para despedirnos de Extremadura. ¡Menos mal!

 
En el puerto de Honduras
En el puerto de Honduras
El Valle de Ambroz
El Valle de Ambroz
El Ambroz bajo la lluvia
El Ambroz bajo la lluvia
Domingo, 27 de Marzo
   
Amanece un día radiante: se nota que ya nos vamos. Espero que esta semana haya servido para subir el nivel de los pantanos extremeños, porque no tenemos pensado volver en bastante tiempo, de forma que los agricultores locales no deben esperar más lluvia en una larga temporada (en todo caso, admitimos subvenciones de las Comunidades de Regantes que necesiten provocar precipitaciones abundantes – y aviso de que tengo vacaciones en Agosto, pero, si nos pagan lo bastante, puedo modificar mis calendarios). Después de desayunar, aparejamos hacia Salamanca, con paradita previa en Guijuelo (ya que está de camino....) Como no hemos conseguido ver ningún cerdo ibérico en las dehesas, nos llevamos alguna pata de recuerdo. Efímero, el recuerdo, porque no creo que el jamón nos dure mucho, pero consistente. Vaya que sí.
Salamanca es inabarcable, y más cuando se tiene sólo parte de un día para verla. Con llegar a la Plaza, ver la fachada de la Catedral, la entrada a la Universidad y poco más, se nos acaba el tiempo que les queda a Xavi i Rosa. Buaaa. Nos despedimos (por poco tiempo, porque todos nuestros hijos van al mismo colegio, así que el martes nos veremos), intrigados por cómo acabará el asunto del bollo en la autocaravana.
Los que quedamos, aprovechamos el final de tarde que nos queda, para coger un trenecito turístico que, a una velocidad francamente suicida, nos da una vuelta por la ciudad y, al menos, podemos entrever algo de su grandeza. Eso sí, acabamos con algo de tortícolis, porque las indicaciones de la guía-copilota del tren se suceden a velocidad de vértigo: “a su derecha, el Palacio X, a su izquierda la Iglesia Z, de frente el convento Y”. ¡Qué stress, ser guía turístico, en esta ciudad! Tendremos que volver, pero con días, que Salamanca tiene “tela”.
Llega la hora de ir empezando del regreso. Como personas usualmente bien informadas que somos, hemos comprobado que hoy es Domingo, que mañana es día laborable en Madrid, y que la radio habla de kilómetros de cola. Así que daremos la vuelta larga, por Burgos y Logroño. Hoy llegamos hasta un poco más allá de Burgos: al pueblo de Quintanapalla, que recorremos buscando un sitio para pernoctar. Como la única explanada que vemos está al lado de un night-club, la dejamos de lado (no sea que alguien nos acuse de querer montar un negocio paralelo itinerante, o algo así), y nos quedamos en la calle. Que es muy ancha, así que por espacio no será. Y la noche, glacial, de forma que cenamos bien atrincherados en nuestra casita rodante, y que se enfríen otros. Para entrar en calor, atacamos un poco los ibéricos de Guijuelo. Cosa fina, oigan.

 
Lunes, 28 de Marzo
   
Día con poca historia. Carretera, autopista, autopista, autopista. En Zaragoza, un atasco monumental, causado por unos miles de catalanes que volvemos de vacaciones. Y, poco después, un coche que nos adelanta haciendo toda clase de aspavientos: luces, manos por la ventanilla: Rosa y Xavi, que nos han identificado. Paramos a comer todos en el Area de Pina de Ebro, entre los miles de personas que la abarrotan, hasta un punto tal que no nos dejan vaciar aguas, porque tienen la gasolinera colapsada de coches. Pues a la siguiente, tocan.
Y, de ahí, a casita. Dejamos la auto en su aparcamiento, y hasta la próxima se ha dicho. De momento, nos vamos con deberes: unos mil kilos de ropa con barro, un bollo en la chapa para arreglar, un montón de fotos que revelar y un relato que escribir: este que, por cierto, ya termina.
Que sí, que termino. No he puesto mucha información práctica (sobre dónde dormir y demás), porque los sitios en que hemos estado, o han salido de “Donde Parar” , o los hemos encontrado al estilo “aquí te pillo, aquí te mato” que, en el fondo, es el mejor. Creo, en todo caso, que ninguno es difícil de encontrar, aun con las magras indicaciones que he dado. De lo demás, la pregunta del millón: ¿volvería a hacer este viaje? Pues claro que volvería, mañana mismo (bueno, no, que mañana es laborable, y la floración de los cerezos ya ha pasado – mira que dura poco y, encima, es que no empieza cuando debe....). Para los amantes (como nosotros) del aire libre, Extremadura es un libro abierto, con miles de páginas que explorar; los que busquen arte, lo tienen a capazos; tradiciones, las que quieran; la gastronomía, opípara; las gentes, acogedoras. No os lo perdáis.
Y hasta la próxima.

 

Viajar en Autocaravana
Con el soporte de Autosuministres Motor, S.A.



© Viajar en Autocaravana, 2006