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  Hautes Pyrénées: Caminando por el techo del mundo

Sant Joan es la excusa, Hautes Pyrénées el destino, Tourmalet el vehículo para llegar hasta sus cimas, el Pic du Midi du Bigorre la aguja con la cual tejer este delicado paño...

Conrad y Echobelly. junio 2010
 



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Día 3: Gavarnie – Cauterets.

Después de una noche más que placida nos levantamos ansiosos ante la ruta que íbamos a realizar. Tras desayunar y hacernos unos bocatas que nos darían las fuerzas necesarias para aguantar todo el recorrido, nos encaminamos hacia la oficina de turismo, situada apenas a unos metros del parking, para recabar más información sobre la subida al circo.
En apenas cinco minutos cogimos toda la información que necesitábamos y por un euro compramos además un mapa con las indicaciones de los recorridos de treking que podíamos realizar por la zona. Luego nos dirigimos nuevamente hacia el camino que nos conduciría, esta vez sí, hasta los pies del Circo de Gavarnie.
Hacía un calor considerable, pero íbamos bien pertrechados de agua, con lo cual el primer tramo, bastante llano, nos pareció más que razonable. Seguimos caminando cada vez mas sofocados, ya que el calor iba apretando de lo lindo y las subidas que empezábamos a encontrar comenzaban a ser realmente inclinadas, con lo cual nuestras fuerzas comenzaban a ir mas justillas. Por suerte, las increíbles vistas de las que se pueden disfrutar durante todo el recorrido nos hacían olvidar el cansancio, y centrarnos únicamente en llegar a la meta trazada.
Después de un buen rato de subida, nos topamos de bruces con el restaurante que culmina la primera parte del recorrido. Aprovechamos para comprar una botella de agua fresquita y seguimos con paso firme hacia nuestro destino.
Gavarnie es de esos pocos lugares en el planeta donde se entra en contacto con la increíble potencia de la naturaleza en estado puro, pero también donde se hace realidad la absoluta necesidad de preservarla, ya que te das cuenta del complicado equilibrio que allí existe.
Al llegar allí es cuando comprendes que estas en el corazón del Parque Nacional de los Pirineos. Con más de 3.000 metros de altitud, el Monte Perdido se erige orgulloso y majestuoso entre Francia y España. Al Sur, se vislumbran los extraordinarios cañones de Ordesa, Aniscle y Pineta en los que se respaldan los circos de Gavarnie, el más mítico, Troumouse, el más vasto y Estaubé, el más salvaje.
Solo 28 lugares en el mundo están inscritos en la lista del patrimonio mundial de la humanidad, tanto por sus valores culturales como naturales. Gavarnie se encuentra pues al mismo nivel que la Gran Muralla China, Las Pirámides de Egipto, el Parque Yellowstone en Estados Unidos, los templos de Angkor o el Machu Pichu.
Al evocar estos nombres, nos percatamos de que Gavarnie es un lugar especial y que todos los esfuerzos, como lo estipula la convención internacional del patrimonio mundial, están dirigidos a legar este paraje de manera sostenible a las futuras generaciones, en un intento de preservar los pocos lugares que quedan en el mundo de esta magnitud.
El circo en sí, tiene 1.700 metros de altura y 14 kilómetros de diámetro, de donde brotan varias cascadas, pero la más importante es un salto de 423 metros de alto, que convierte el lugar en algo excepcional.
Seguimos con esfuerzo nuestro recorrido. El camino, cada vez era más abrupto y se complicaba por momentos. Lo bueno era que estábamos relativamente cerca de nuestro objetivo y si cabe, más nerviosos.
Son varias las opciones que tenemos para visitar el Circo, en la medida en la que uno se quiera complicar. Algunos se quedaban en el restaurante, lugar a partir del cual no se permite el acceso de animales domésticos. La mayoría se quedaban al final del camino propiamente dicho, a las puertas de la lengua de hielo, donde un amplio prado ofrece unas increíbles vistas del circo. Allí, muchos aprovechan para sacar sus bocadillos mientras contemplan todo aquel espectáculo.
De ahí en adelante el sendero que conduce a los pies de la cascada se convierte en un auténtico pedregal. Evidentemente nosotros queríamos llegar hasta el pié de la cascada en búsqueda de la foto perfecta, una misión que en principio nos pareció sencilla, pero que a medida que nos acercábamos se iba complicando.
Para llegar hasta allí, primero tuvimos que descender y cruzar la lengua de hielo que nos llevaría hacia la zona de subida. Aun con el calor que hacia nos sorprendió ver la cantidad de hielo que había en el lugar. No sin algún que otro resbalón, conseguimos cruzarla.
Continuamos con la subida, realmente dura. Un viento glacial comenzaba a soplar con bastante fuerza, convirtiendo un día caluroso como aquel, en un instante poco apacible. Nos abrigamos bien, pero el intenso viento traía hacia nuestras caras diminutas gotas de agua helada, que poco a poco nos iban mojando.
Seguimos subiendo, como si estuviéramos poseídos por el espíritu de la montaña. Había bastante piedra suelta lo que nos obligaba a ser cautos e ir muy despacio. Jugueteamos con varias cabritas que nos encontramos durante el recorrido y seguimos subiendo. Cuando ya quedaban apenas 200 metros para llegar a la cascada, la subida se complicó aún más.
La inclinación era importante y el firme estaba constituido únicamente por piedras sueltas que se iban desprendiendo a nuestro paso. Decidí frenar en seco. Por primera vez fui consciente de que después de subir, tendría que bajar por una pista resbaladiza que parecía un autentico tobogán, o al menos así me lo pareció, desde la perspectiva que yo tenía desde la altura.
Le comente a Conrad que él siguiera con la ascensión, y que yo le esperaría en aquel punto. El siguió con su camino. Le vi ascender rápidamente, mientras su silueta se convertía en una figura diminuta, hasta que finalmente casi desapareció entre la niebla de agua pulverizada que la catarata provocaba en su caída sobre la piedra.
Allí a la expectativa, sentada sobre una roca, todo se torno oscuro. Un miedo irracional se apodero de mí, haciendo que me quedara literalmente “petrificada”.
El tiempo se detuvo en ese instante. Mi corazón latía con tanta fuerza que era doloroso. Conrad volvió bastante rápido, dando saltos sobre las rocas como si de una cabra montesa se tratara, pero a mí me pareció como si hubiera tardado un millón de años. En cuanto vio mi cara, comprendió que algo iba mal y se comenzó a preocupar. Después de tranquilizarme un rato, comenzamos a bajar lentamente, pero cada vez estaba más asustada. Cada paso que daba provocaba el desprendimiento de más rocas, por lo que no conseguía dar un paso en firme. Tal fue el colapso en que me vi envuelta, que un amable señor Ingles al ver la situación me prestó su bastón, un detalle que sin duda me ayudó a descender hasta donde el terreno era firme.
Con paciencia y gracias al bastón mágico del caballero inglés  logre llegar por fin a tierra firme. A veces el miedo nos juega malas pasadas, y sin saber muy bien el porque, pasé uno de los momentos más angustiosos de toda mi vida. Eso sí, aprendí que a la montaña hay que respetarla, mucho no, muchísimo, y que cuanto mejor preparado vayas, muchísimo mejor, porque nunca sabes lo que te puedes encontrar. En ese sentido íbamos bastante bien preparados, pero nos faltó disponer de unos bastones que nos hubiesen proporcionado aquel equilibrio que tan bien nos hubiese venido en aquel momento.
Nos sentamos en tierra firme, bebimos agua, e intentamos tranquilizarnos lo máximo posible. Respiré profundamente e intenté memorizar cada momento de aquella ascensión y ver donde pudo estar el error. Pero más allá de errores y de estrategias, entendí que cada ascensión es distinta y que en un segundo te puede cambiar la vida. Más tarde nos comimos los bocadillos para recuperar las fuerzas y tras una sesión doble de mimos, volvimos a ponernos en marcha.
Nos esperaban un par de horas de caminata hasta llegar a la auto. El cuerpo me dolía como si hubiera estado durmiendo sobre cristales afilados, pero por fin la sensación de miedo había desaparecido. Durante la bajada conocimos a unos chicos e hicimos parte del descenso con ellos, charlando de chorradas e intentando olvidar el episodio anterior.
Gavarnie, es realmente una delicia. A fecha de hoy he de decir que tengo recuerdos agridulces de aquel día, aunque en honor a la verdad si tuviera que volver a hacerlo, lo haría con los ojos cerrados.
Lo primero que hicimos nada más llegar al pueblo de Gavarnie, fue comprarnos unos “maravillosos bastones” para próximas salidas. Desde ese momento siempre que salimos a hacer trecking, vamos pertrechados con nuestros fabulosos palos. Siempre había pensado que eran una chorrada, pero habiendo vivido lo que viví en aquel descenso, he de decir que son unos estupendos compañeros de viaje.
Regresamos finalmente al parking. Llegamos algo angustiados pues el calor apretaba con fuerza y habíamos dejado la autocaravana aparcada bajo el sol, por lo que nos temíamos que “Gish” lo estuviera pasando mal. Por suerte, el interior se había mantenido a una buena temperatura por lo que la gatita, aunque somnolienta, no parecía haber pasado mucho calor.
Aprovechamos para ventilar el habitáculo mientras descansamos y nos tomamos una horchata fresquita, uno de los muchos privilegios que tiene ir siempre con la casa a cuestas. Allí sentados, empezamos a mirar toda la documentación que en la Oficina de Información Turística nos habían ofrecido de la zona.
Lo cierto es, que con todas las rutas que se podían realizar por allí, nos podíamos haber quedado tranquilamente todos los días de los que disponíamos para el puente, pero en nuestro caso teníamos un planing ya hecho y no nos apetecía dejarnos nada de lo que habíamos señalado en él.
Nuestro siguiente destino, Pont d’Espagne, nos esperaba, así que decidimos poner rumbo hacia él. Antes eso sí, decidimos desviarnos por la estrecha carretera que conducía al Circo de Troumouse. Con un diámetro medio de 4 kilómetros y una base situada en torno a los 2.200 metros de altura, es uno de los circos más grandes de los Pirineos y de Europa. Las cumbres que lo conforman alcanzan los 2.800 y 3.100 metros de altitud, siendo el de pico de La Munia el más alto.
A medio camino, una barrera de peaje ofrece dos posibilidades: o bien dejar el vehículo aparcado y hacer una ruta a pié, o pagar por acceder a la carretera que conduce hasta un parking cercano a los pies del circo.
Lo cierto es que después de la paliza que llevábamos no nos apetecía ponernos otra vez a caminar, pero por otra parte llevábamos ya bastantes puertos de montaña recorridos, y tener que hacer otra carretera para luego regresar por el mismo camino no nos apetecía tampoco demasiado en aquel momento, por lo que nos quedamos a las puertas del circo disfrutando de sus fantásticas vistas, eso si, esta vez desde lejos.
Más tarde pusimos rumbo hacia nuestra siguiente parada de la tarde, Cauterets, población que nos serviría además como lugar de pernocta para visitar al día siguiente el Pont d´Espagne.
No eran muchos los kilómetros que nos separaban de ella, apenas una treintena, pero tardamos casi una hora en llegar, y finalmente eran cerca de las 6 de la tarde cuando entramos en la población.
Nada más llegar a Cauterets nos encontramos de bruces con el área de autocaravanas, así que nos dispusimos a aparcar en ella. En este caso el área consistía en una amplia explanada de arena en la que las autocaravanas, se encontraban todas agrupadas en su perímetro en búsqueda de alguna sombra en la que cobijarse. Por suerte, encontramos un pequeño hueco más o menos sombreado y nos colocamos en él. Nuevamente dispusimos la auto para protegerla del calor, compramos el ticket tipo “zona azul” de estacionamiento en el área, nos volvimos a calzar las mochilas y nos encaminamos a visitar la población.
El sol apretaba con fuerza, incrementando la sensación de cansancio que teníamos por la caminata realizada durante la mañana, por lo que decidimos dar un tranquilo paseo por la conocida población pirenaica.
La gran fama de Cauterets se debe principalmente a sus manantiales y sus aguas termales. A parte del termalismo esta población se hizo famosa desde el siglo XVI ya que la reina Margarita, hermana de Francisco I acudía con su corte. Entre los bañistas ilustres que visitaron los manantiales de Cauterets podemos citar al Duque de Richelieu, Victor Hugo ó Flaubert. Gracias a esta larga historia de hospitalidad, Cauterets es actualmente una de las primeras estaciones de montaña de los Pirineos. La estación ofrece una amplia gama de actividades en torno a los deportes de montaña y al termalismo.
Nos perdimos por sus calles intentando desentramar todo aquel recorrido de calles empedradas. Visitamos su popular y antigua estación de tren, un edificio de madera de pino labrado, que bien podría pertenecer a cualquier poblado del viejo Oeste americano. Se construyó para recibir la línea de ferrocarril Pierrefitte-Cauterets en 1898 y dejó de tener usos ferroviarios en 1949 tras clausurarse la línea de alta montaña. Hoy es la terminal de autobuses y el Centro Social de Cauterets, mientras que los viejos raíles se han transformado en una Vía Verde de 30 kilómetros, la cual te permite disfrutar de unas vistas maravillosas de todo el valle.
Pero, probablemente lo que más nos gusto fueron sus termas. La verdad es que con el cansancio que llevábamos y el calor sofocante eran una opción muy apetitosa, así que intentamos entrar en ellas, pero hay que recordar que esto es Francia y las instalaciones cerraban a las 7 de la tarde, con lo cual decidimos dejarlo para el día siguiente.
Con ganas de seguir descubriendo la ciudad seguimos paseando por sus callejuelas, cuando de pronto descubrimos otra área de autocaravanas en la zona norte de la población, justo al pié de la carretera que conduce a Pont d’Espagne. Bastante más pequeña y acogedora, el enclave de esta nos pareció mucho más agradable que en el que habíamos aparcado, así que tras verificar que tuviera todos los servicios en funcionamiento y que dispusiera de plazas disponibles, nos dirigimos rápidamente (más bien todo lo rápido que nuestras fatigadas piernas nos lo permitieron) a buscar a “Suny” para cambiar de lugar de pernocta. Además, ambas eran áreas municipales por lo que el ticket que ya habíamos pagado en la otra área tranquilamente nos serviría para esta.
Llegamos al área con los últimos rayos de sol. Saludamos a la gente que allí se encontraba y nos dispusimos a acomodarnos en nuestra nueva plaza. Decidimos quedarnos tranquilamente descansando, pues el día había sido muy intenso y estábamos realmente agotados, así que nos introdujimos silenciosamente en nuestra casita de ruedas dispuestos a descansar todo lo que pudiéramos.
Después de una buena ducha y una cena calentita nos metimos en la cama con la necesidad de descansar el cuerpo y cargar las pilas para el día siguiente.

Después de una noche más que placida nos levantamos ansiosos ante la ruta que íbamos a realizar. Tras desayunar y hacernos unos bocatas que nos darían las fuerzas necesarias para aguantar todo el recorrido, nos encaminamos hacia la oficina de turismo, situada apenas a unos metros del parking, para recabar más información sobre la subida al circo.

En apenas cinco minutos cogimos toda la información que necesitábamos y por un euro compramos además un mapa con las indicaciones de los recorridos de treking que podíamos realizar por la zona. Luego nos dirigimos nuevamente hacia el camino que nos conduciría, esta vez sí, hasta los pies del Circo de Gavarnie.

Hacía un calor considerable, pero íbamos bien pertrechados de agua, con lo cual el primer tramo, bastante llano, nos pareció más que razonable. Seguimos caminando cada vez mas sofocados, ya que el calor iba apretando de lo lindo y las subidas que empezábamos a encontrar comenzaban a ser realmente inclinadas, con lo cual nuestras fuerzas comenzaban a ir mas justillas. Por suerte, las increíbles vistas de las que se pueden disfrutar durante todo el recorrido nos hacían olvidar el cansancio, y centrarnos únicamente en llegar a la meta trazada.

Después de un buen rato de subida, nos topamos de bruces con el restaurante que culmina la primera parte del recorrido. Aprovechamos para comprar una botella de agua fresquita y seguimos con paso firme hacia nuestro destino.

Gavarnie es de esos pocos lugares en el planeta donde se entra en contacto con la increíble potencia de la naturaleza en estado puro, pero también donde se hace realidad la absoluta necesidad de preservarla, ya que te das cuenta del complicado equilibrio que allí existe.

Al llegar allí es cuando comprendes que estas en el corazón del Parque Nacional de los Pirineos. Con más de 3.000 metros de altitud, el Monte Perdido se erige orgulloso y majestuoso entre Francia y España. Al Sur, se vislumbran los extraordinarios cañones de Ordesa, Aniscle y Pineta en los que se respaldan los circos de Gavarnie, el más mítico, Troumouse, el más vasto y Estaubé, el más salvaje.

Solo 28 lugares en el mundo están inscritos en la lista del patrimonio mundial de la humanidad, tanto por sus valores culturales como naturales. Gavarnie se encuentra pues al mismo nivel que la Gran Muralla China, Las Pirámides de Egipto, el Parque Yellowstone en Estados Unidos, los templos de Angkor o el Machu Pichu.

Al evocar estos nombres, nos percatamos de que Gavarnie es un lugar especial y que todos los esfuerzos, como lo estipula la convención internacional del patrimonio mundial, están dirigidos a legar este paraje de manera sostenible a las futuras generaciones, en un intento de preservar los pocos lugares que quedan en el mundo de esta magnitud.

El circo en sí, tiene 1.700 metros de altura y 14 kilómetros de diámetro, de donde brotan varias cascadas, pero la más importante es un salto de 423 metros de alto, que convierte el lugar en algo excepcional.

Seguimos con esfuerzo nuestro recorrido. El camino, cada vez era más abrupto y se complicaba por momentos. Lo bueno era que estábamos relativamente cerca de nuestro objetivo y si cabe, más nerviosos.

Son varias las opciones que tenemos para visitar el Circo, en la medida en la que uno se quiera complicar. Algunos se quedaban en el restaurante, lugar a partir del cual no se permite el acceso de animales domésticos. La mayoría se quedaban al final del camino propiamente dicho, a las puertas de la lengua de hielo, donde un amplio prado ofrece unas increíbles vistas del circo. Allí, muchos aprovechan para sacar sus bocadillos mientras contemplan todo aquel espectáculo.

De ahí en adelante el sendero que conduce a los pies de la cascada se convierte en un auténtico pedregal. Evidentemente nosotros queríamos llegar hasta el pié de la cascada en búsqueda de la foto perfecta, una misión que en principio nos pareció sencilla, pero que a medida que nos acercábamos se iba complicando.

Para llegar hasta allí, primero tuvimos que descender y cruzar la lengua de hielo que nos llevaría hacia la zona de subida. Aun con el calor que hacia nos sorprendió ver la cantidad de hielo que había en el lugar. No sin algún que otro resbalón, conseguimos cruzarla.

Continuamos con la subida, realmente dura. Un viento glacial comenzaba a soplar con bastante fuerza, convirtiendo un día caluroso como aquel, en un instante poco apacible. Nos abrigamos bien, pero el intenso viento traía hacia nuestras caras diminutas gotas de agua helada, que poco a poco nos iban mojando.

Seguimos subiendo, como si estuviéramos poseídos por el espíritu de la montaña. Había bastante piedra suelta lo que nos obligaba a ser cautos e ir muy despacio. Jugueteamos con varias cabritas que nos encontramos durante el recorrido y seguimos subiendo. Cuando ya quedaban apenas 200 metros para llegar a la cascada, la subida se complicó aún más.

La inclinación era importante y el firme estaba constituido únicamente por piedras sueltas que se iban desprendiendo a nuestro paso. Decidí frenar en seco. Por primera vez fui consciente de que después de subir, tendría que bajar por una pista resbaladiza que parecía un autentico tobogán, o al menos así me lo pareció, desde la perspectiva que yo tenía desde la altura.

Le comente a Conrad que él siguiera con la ascensión, y que yo le esperaría en aquel punto. El siguió con su camino. Le vi ascender rápidamente, mientras su silueta se convertía en una figura diminuta, hasta que finalmente casi desapareció entre la niebla de agua pulverizada que la catarata provocaba en su caída sobre la piedra.

Allí a la expectativa, sentada sobre una roca, todo se torno oscuro. Un miedo irracional se apodero de mí, haciendo que me quedara literalmente “petrificada”.

El tiempo se detuvo en ese instante. Mi corazón latía con tanta fuerza que era doloroso. Conrad volvió bastante rápido, dando saltos sobre las rocas como si de una cabra montesa se tratara, pero a mí me pareció como si hubiera tardado un millón de años. En cuanto vio mi cara, comprendió que algo iba mal y se comenzó a preocupar. Después de tranquilizarme un rato, comenzamos a bajar lentamente, pero cada vez estaba más asustada. Cada paso que daba provocaba el desprendimiento de más rocas, por lo que no conseguía dar un paso en firme. Tal fue el colapso en que me vi envuelta, que un amable señor Ingles al ver la situación me prestó su bastón, un detalle que sin duda me ayudó a descender hasta donde el terreno era firme.

Con paciencia y gracias al bastón mágico del caballero inglés  logre llegar por fin a tierra firme. A veces el miedo nos juega malas pasadas, y sin saber muy bien el porque, pasé uno de los momentos más angustiosos de toda mi vida. Eso sí, aprendí que a la montaña hay que respetarla, mucho no, muchísimo, y que cuanto mejor preparado vayas, muchísimo mejor, porque nunca sabes lo que te puedes encontrar. En ese sentido íbamos bastante bien preparados, pero nos faltó disponer de unos bastones que nos hubiesen proporcionado aquel equilibrio que tan bien nos hubiese venido en aquel momento.

Nos sentamos en tierra firme, bebimos agua, e intentamos tranquilizarnos lo máximo posible. Respiré profundamente e intenté memorizar cada momento de aquella ascensión y ver donde pudo estar el error. Pero más allá de errores y de estrategias, entendí que cada ascensión es distinta y que en un segundo te puede cambiar la vida. Más tarde nos comimos los bocadillos para recuperar las fuerzas y tras una sesión doble de mimos, volvimos a ponernos en marcha.

Nos esperaban un par de horas de caminata hasta llegar a la auto. El cuerpo me dolía como si hubiera estado durmiendo sobre cristales afilados, pero por fin la sensación de miedo había desaparecido. Durante la bajada conocimos a unos chicos e hicimos parte del descenso con ellos, charlando de chorradas e intentando olvidar el episodio anterior.

Gavarnie, es realmente una delicia. A fecha de hoy he de decir que tengo recuerdos agridulces de aquel día, aunque en honor a la verdad si tuviera que volver a hacerlo, lo haría con los ojos cerrados.

Lo primero que hicimos nada más llegar al pueblo de Gavarnie, fue comprarnos unos “maravillosos bastones” para próximas salidas. Desde ese momento siempre que salimos a hacer trecking, vamos pertrechados con nuestros fabulosos palos. Siempre había pensado que eran una chorrada, pero habiendo vivido lo que viví en aquel descenso, he de decir que son unos estupendos compañeros de viaje.

Regresamos finalmente al parking. Llegamos algo angustiados pues el calor apretaba con fuerza y habíamos dejado la autocaravana aparcada bajo el sol, por lo que nos temíamos que “Gish” lo estuviera pasando mal. Por suerte, el interior se había mantenido a una buena temperatura por lo que la gatita, aunque somnolienta, no parecía haber pasado mucho calor.
Aprovechamos para ventilar el habitáculo mientras descansamos y nos tomamos una horchata fresquita, uno de los muchos privilegios que tiene ir siempre con la casa a cuestas. Allí sentados, empezamos a mirar toda la documentación que en la Oficina de Información Turística nos habían ofrecido de la zona.

Lo cierto es, que con todas las rutas que se podían realizar por allí, nos podíamos haber quedado tranquilamente todos los días de los que disponíamos para el puente, pero en nuestro caso teníamos un planing ya hecho y no nos apetecía dejarnos nada de lo que habíamos señalado en él.

Nuestro siguiente destino, Pont d’Espagne, nos esperaba, así que decidimos poner rumbo hacia él. Antes eso sí, decidimos desviarnos por la estrecha carretera que conducía al Circo de Troumouse. Con un diámetro medio de 4 kilómetros y una base situada en torno a los 2.200 metros de altura, es uno de los circos más grandes de los Pirineos y de Europa. Las cumbres que lo conforman alcanzan los 2.800 y 3.100 metros de altitud, siendo el de pico de La Munia el más alto.

A medio camino, una barrera de peaje ofrece dos posibilidades: o bien dejar el vehículo aparcado y hacer una ruta a pié, o pagar por acceder a la carretera que conduce hasta un parking cercano a los pies del circo.

Lo cierto es que después de la paliza que llevábamos no nos apetecía ponernos otra vez a caminar, pero por otra parte llevábamos ya bastantes puertos de montaña recorridos, y tener que hacer otra carretera para luego regresar por el mismo camino no nos apetecía tampoco demasiado en aquel momento, por lo que nos quedamos a las puertas del circo disfrutando de sus fantásticas vistas, eso si, esta vez desde lejos.

Más tarde pusimos rumbo hacia nuestra siguiente parada de la tarde, Cauterets, población que nos serviría además como lugar de pernocta para visitar al día siguiente el Pont d´Espagne.

No eran muchos los kilómetros que nos separaban de ella, apenas una treintena, pero tardamos casi una hora en llegar, y finalmente eran cerca de las 6 de la tarde cuando entramos en la población.

Nada más llegar a Cauterets nos encontramos de bruces con el área de autocaravanas, así que nos dispusimos a aparcar en ella. En este caso el área consistía en una amplia explanada de arena en la que las autocaravanas, se encontraban todas agrupadas en su perímetro en búsqueda de alguna sombra en la que cobijarse. Por suerte, encontramos un pequeño hueco más o menos sombreado y nos colocamos en él. Nuevamente dispusimos la auto para protegerla del calor, compramos el ticket tipo “zona azul” de estacionamiento en el área, nos volvimos a calzar las mochilas y nos encaminamos a visitar la población.

El sol apretaba con fuerza, incrementando la sensación de cansancio que teníamos por la caminata realizada durante la mañana, por lo que decidimos dar un tranquilo paseo por la conocida población pirenaica.

La gran fama de Cauterets se debe principalmente a sus manantiales y sus aguas termales. A parte del termalismo esta población se hizo famosa desde el siglo XVI ya que la reina Margarita, hermana de Francisco I acudía con su corte. Entre los bañistas ilustres que visitaron los manantiales de Cauterets podemos citar al Duque de Richelieu, Victor Hugo ó Flaubert. Gracias a esta larga historia de hospitalidad, Cauterets es actualmente una de las primeras estaciones de montaña de los Pirineos. La estación ofrece una amplia gama de actividades en torno a los deportes de montaña y al termalismo.

Nos perdimos por sus calles intentando desentramar todo aquel recorrido de calles empedradas. Visitamos su popular y antigua estación de tren, un edificio de madera de pino labrado, que bien podría pertenecer a cualquier poblado del viejo Oeste americano. Se construyó para recibir la línea de ferrocarril Pierrefitte-Cauterets en 1898 y dejó de tener usos ferroviarios en 1949 tras clausurarse la línea de alta montaña. Hoy es la terminal de autobuses y el Centro Social de Cauterets, mientras que los viejos raíles se han transformado en una Vía Verde de 30 kilómetros, la cual te permite disfrutar de unas vistas maravillosas de todo el valle.

Pero, probablemente lo que más nos gusto fueron sus termas. La verdad es que con el cansancio que llevábamos y el calor sofocante eran una opción muy apetitosa, así que intentamos entrar en ellas, pero hay que recordar que esto es Francia y las instalaciones cerraban a las 7 de la tarde, con lo cual decidimos dejarlo para el día siguiente.

Con ganas de seguir descubriendo la ciudad seguimos paseando por sus callejuelas, cuando de pronto descubrimos otra área de autocaravanas en la zona norte de la población, justo al pié de la carretera que conduce a Pont d’Espagne. Bastante más pequeña y acogedora, el enclave de esta nos pareció mucho más agradable que en el que habíamos aparcado, así que tras verificar que tuviera todos los servicios en funcionamiento y que dispusiera de plazas disponibles, nos dirigimos rápidamente (más bien todo lo rápido que nuestras fatigadas piernas nos lo permitieron) a buscar a “Suny” para cambiar de lugar de pernocta. Además, ambas eran áreas municipales por lo que el ticket que ya habíamos pagado en la otra área tranquilamente nos serviría para esta.

Llegamos al área con los últimos rayos de sol. Saludamos a la gente que allí se encontraba y nos dispusimos a acomodarnos en nuestra nueva plaza. Decidimos quedarnos tranquilamente descansando, pues el día había sido muy intenso y estábamos realmente agotados, así que nos introdujimos silenciosamente en nuestra casita de ruedas dispuestos a descansar todo lo que pudiéramos.

Después de una buena ducha y una cena calentita nos metimos en la cama con la necesidad de descansar el cuerpo y cargar las pilas para el día siguiente.

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