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  Hautes Pyrénées: Caminando por el techo del mundo

Sant Joan es la excusa, Hautes Pyrénées el destino, Tourmalet el vehículo para llegar hasta sus cimas, el Pic du Midi du Bigorre la aguja con la cual tejer este delicado paño...

Conrad y Echobelly. junio 2010
 



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Día 2: Ainsa – Gavarnie.

La noche había sido bastante fresca, lo que nos permitió dormir plácidamente. La pereza había hecho acto de presencia y no nos dejaba movernos demasiado. En la cama nos “roneamos” todo lo que pudimos hasta que finalmente echamos a esa desaprensiva y nos pusimos manos a la obra.
Después de desayunar y comprar en los comercios de Ainsa algunas cosillas que nos faltaban, comenzamos con nuestro camino. Un camino que nos llevaría a descubrir lo que sin duda ha sido para nosotros una ruta de ensueño.
Nos encaminamos hacia el túnel de Bielsa con bastantes dudas. Habíamos oído hablar bastante mal de el, pero las cartas estaban ya sobre la mesa y buscar otra alternativa a estas alturas significaba dar un rodeo enorme, por lo que nos armamos de valor y tiramos hacia adelante sin pensar en si hubiese sido mejor elegir otro camino para el viaje.
El sol brillaba con fuerza e iluminaba los verdes prados del Valle de Ordesa y Monte perdido. Ascendimos poco a poco, disfrutando de los esplendidos paisajes que las lluvias caídas nos están ofreciendo este año, sin querer forzar tampoco la maquina, pues eran muchos los kilómetros a recorrer y los puertos de montaña que teníamos previsto cruzar.
Pasamos la población de Bielsa, y nos dirigimos directamente a la boca sur del túnel que nos conduciría  finalmente a Francia. El semáforo nos obligo a estar detenidos algunos minutos, cosas de la regulación del tráfico, hasta que finalmente nos dio luz verde para entrar en él. La sensación que sientes es indescriptible. Primero incertidumbre, mas tarde aprensión, hasta que al final todo ello se convierte en puro miedo. El túnel es estrecho, está mal asfaltado, y sobre todo no ves en él ninguna salida de emergencia por ningún lado, ni nada que te haga pensar que allí dentro estas seguro, pero respiramos profundamente e intentamos que los cinco kilómetros de recorrido se nos hicieran lo más cortos posibles.
Finalmente vimos la luz del día brillando a lo lejos. Ya habíamos llegado a la salida norte del túnel donde la sorpresa fue mayúscula: un paisaje perfecto nos esperaba enseñando su carta de presentación, y esa carta era tan preciosa que automáticamente paramos la auto, bajamos cámara en mano y nos dispusimos a recorrer aquellos primeros metros como si hubiéramos descubierto algún lugar en el que nadie había puesto un pie.
El amplio valle se tendía a nuestros pies. Sobre aquella alfombra verde, centenares de ovejas se encontraban tumbadas tomando el sol relajadamente, causando una estampa ciertamente curiosa. Al fondo las montañas abrían su paso a la pequeña y sinuosa carretera que descendía como si fuera una serpiente acechando a su presa.
Anduvimos por allí un buen rato, boquiabiertos, disfrutando de un paisaje esplendido, que un día soleado como este nos estaba brindando. No éramos los únicos, pues muchos de los que salían del túnel se apresuraban también a detenerse donde podían. Ciertamente la salida de este era gratamente impactante.
Continuamos finalmente con nuestra marcha, poco a poco, descendiendo el tortuoso puerto de montaña sin ninguna prisa, pues nuestra intención no era llegar a ningún lugar en concreto, sino disfrutar de todo el recorrido. Tras varios kilómetros a cámara lenta, llegamos a la población de Arreau, lugar que si bien habíamos señalado en el navegador GPS como destino, lo habíamos hecho por ser un lugar de paso mas que un destino propiamente dicho.
Arreau se encuentra en el corazón de Hautes Pyrénées, en la confluencia de los valles de Aure, de Louron y de Aspin. Será cosa del destino que al pasar por él, nos llamara la atención el ver como la población abrigaba al río a su paso por ella, y observamos como sus aguas cristalinas bajaban con una fuerza sublime y un sonido ensordecedor. Decidimos detenernos pues el viaje acababa de empezar, y como he dicho nuestro único destino consistía en disfrutar de todo el recorrido. Y menuda sorpresa.
Arreau nos sorprendió gratamente, no solo por el curioso dibujo que hace del rió, con sus pequeños puentes cruzando sobre él, sino por sus casas, su mercado, y un sinfín de pequeños detalles que hacían de aquel un lugar encantador.
La pequeña población disponía también de un fácil y divertido recorrido señalizado que conduce a las fincas con mayor interés histórico. Sin dudarlo nos pusimos a seguirlo en nuestro afán por descubrir todos los encantos de aquella pequeña población pirenaica.
Más tarde, continuamos con nuestro camino pues ansiábamos seguir descubriendo nuevas joyas de este escondido lugar de los Pirineos. Tomamos la carretera D929 en dirección a La Barthe-de-Neste, pero a menos de un kilómetro nos desviamos hacia el Coll d´Aspin, un emblemático puerto de montaña utilizado en muchas ediciones del Tour de Francia que queríamos recorrer. Probablemente no fuera esta la ruta más rápida, quizás si la más corta, pero como ya hemos comentado, en este viaje el “Kilómetro” no es una unidad de medida válida. En cualquier caso, nosotros no teníamos prisa alguna. Nos habíamos marcado Gavarnie como destino final del día, y teníamos todo el tiempo del mundo para llegar hasta él.
Nos es el Coll d’Aspin una carretera recomendada para vehículos demasiado grandes. El inicio, muy inclinado, hacia rugir el motor de “Suny” como nunca, a la vez que la estrechez de la calzada y unas curvas muy cerradas nos obligaban a estar bien atentos durante la conducción. Por si fuera poco, la zona se encontraba repleta de ciclistas que emulando las hazañas de sus grandes héroes como Induráin o Rominger, se empeñaban en ascender aquellas tortuosas carreteras. Nosotros, como pudimos, los adelantábamos, vigilando también a los que venían lanzados de cara. Pero sin duda alguna el esfuerzo valía la pena.
A medida que íbamos tomando altura los paisajes eran cada vez más increíbles. Tan solo lamentábamos que no hubiese algún mirador en el que detenernos para saborear tranquilamente aquella delicia, pero nos tuvimos que conformar con ir viendo poco a poco todo el paisaje.
Finalmente, llegamos a la cima de l’Abime, donde hallamos una explanada en la que autocaravanistas y ciclistas nos detuvimos a descansar. Las vistas desde allí eran increíbles. Era tarde por lo que decidimos que no encontraríamos un lugar mejor que aquel para comer, con vistas a las cumbres de los Pirineos y acompañados de un rebaño de vacas que curioseaba entre las autocaravanas.
Desde la cima del Col de l’Aspin son varias las rutas de treking que se pueden iniciar. Muchos, dejaban el coche en el aparcamiento en el que nos encontrábamos e iniciaban sus rutas a pié, pero en nuestro caso disponíamos de un tiempo bastante limitado, con lo que después de haber comido y jugueteado con las vaquitas continuamos con nuestro camino. Descendimos la cara oeste del Col de l’Aspin en dirección a Bagnères-de-Bigorre, pero una vez llegamos a la población de Sainte Marie de Campan, volvimos a tomar el desvío hacia el Col del Tourmalet.
Pocas presentaciones hacen falta de este famoso puerto de montaña. No es necesario ser demasiado aficionado al ciclismo de carretera, para saber que esta es sin duda, la etapa reina del Tour de Francia. Ascenderlo, significaba acercarnos ni que fuese un poquito a lo que tantos y tantos corredores habían sentido durante las distintas ediciones de la famosa prueba ciclista.
Iniciamos la ascensión, en esta ocasión de una carretera bastante más ancha pero abarrotada de ciclistas. Circular por ella era un continuo adelantamiento de una cola de bicicletas que se esforzaban por llegar a la cima. Pero no os creáis, que no eran niños. La mayoría de ellos nos doblaba la edad, lo cual hacia todavía más meritorio su esfuerzo.
A media subida, hicimos una pequeña parada, para encontrarnos con el primero de los destinos señalados para esta ruta, el Pic du Midi du Bigorre. Para alcanzar su cumbre, simplemente hay que dejarse transportar en una esplendida ascensión en telecabina. Durante todo el año, tanto en verano como en invierno, podemos acceder desde La Mongie, la estación de esquí del Tourmalet, hasta su cima. La encontramos fácilmente, y a estas alturas del año, ya sin esquiadores, no nos resultó nada complicado aparcar. Lo hicimos junto a otras autocaravanas, asegurándonos antes de salir de haberla cerrado bien, pues el sol a esas horas apretaba con fuerza.
A pocos metros encontramos el punto de información, donde un amable señor, con buenas dotes de castellano, nos ofreció algo más de información de toda la zona del Midi Pyrenees. Junto a la oficina se encontraba también la taquilla y el acceso al teleférico. Treinta euros por persona, un precio bastante elevado en nuestra opinión, pero que no nos negamos a pagar, para así poder disfrutar de las magnificas vistas que tendríamos desde las alturas.
A los pocos minutos accedíamos al teleférico que con 1000 m. de desnivel superados en 15 minutos, nos ofreció el tiempo necesario para prepararnos antes de tocar el pico a 2877 metros de altitud. Allí arriba, la pureza, la transparencia del aire y la luz, constituyen el secreto mejor guardado de un lugar en el que durante mucho tiempo ha estado reservado únicamente a científicos. Se acondicionaron 750 m2 de terrazas panorámicas, la vista se extiende a 300 km de cumbres de la cadena pirenaica, desde el Mediterráneo al Atlántico y sobre las mesetas del gran suroeste.
El esplendor de los paisajes le valieron al Pic du Midi, ser declarado en 2003 Patrimonio de la Humanidad. Todo comenzó a finales del siglo XIX con un observatorio meteorológico, en una increíble epopeya, cuyos héroes son apasionados y eruditos sabios, ávidos por comprender mejor el universo. Las cualidades excepcionales del lugar permiten efectuar observaciones y medidas que explican la evolución de la tierra. Esta aventura humana que continúa en la actualidad, se divulga en el espacio museo-gráfico más alto de Europa.
La magia del lugar prosigue también por la noche. Durante todo el año, con motivo de la celebración de actos nocturnos, el Pic du Midi está abierto para las sesiones de “Soirees Etoillees”, con un programa de animaciones sobre astronomía. De carácter aun mas mágico si cabe, El Pic du Midi, ofrece también las “Nuits au Sommet”, previa reserva, diecinueve privilegiados podrán dormir en esta cumbre emblemática y compartir momentos inolvidables bajo las estrellas.
Lamentablemente, nuestra llegada al pico, no fue todo lo exitosa que pudiéramos desear. El día parecía estar muy claro, pero una enorme masa de nubes se encontraba detenida justamente a la altura en la que se posicionaba el mirador, lo cual nos impedía disfrutar de sus increíbles vistas. -“ya nos podía haber avisado la chica de la taquilla”- pensamos en aquel momento, y es que algo parecido nos sucedió cuando intentamos subir al Aiguille du Midi del Montblanc en nuestro viaje a Rhone-Alps, pero en aquella ocasión la persona de la taquilla nos advirtió que no veríamos nada.
Recordamos que en algún lugar habíamos leído que recomendaban hacer la ascensión a primera hora de la mañana, para evitar inconvenientes como este. Pero por consecuencias del planing de ruta nos había resultado imposible llegar a esas horas, pero para quien planee un viaje por allí es una condición casi indispensable para subir al pico. Por suerte, hacia un pequeño micro-clima allí arriba, y aunque durante la ascensión habíamos apreciado un importante descenso la de temperatura por la altura a la que estábamos ascendiendo, se estaba divinamente en el mirador. Además, la instalación dispone de una pequeña cafetería con unas comodísimas tumbonas que todos nos apresuramos a ocupar a la espera de que las nubes se marcharan, y por fin pudiéramos disfrutar de las ansiadas vistas.
El conjunto dispone también de un pequeño museo sobre la astronomía y la meteorología, temática de especial importancia en aquel lugar. Lamentar quizás que la mayor parte de la exposición se encuentre en francés, pero aun así resultó agradable dar un paseo por ella, curioseando todo lo que allí había.
El paseo por la exposición nos sirvió para darnos cuenta de la altura a la que nos encontrábamos, pues en algún momento, allí dentro, se nos iba un poco la cabeza, en el mejor sentido de la palabra.
Estuvimos un buen rato dando vueltas por el mirador, pero las nubes parecían empeñadas en no desaparecer, ofreciéndonos únicamente algunos claros en momentos señalados. Estos, nos permitían intuir la grandiosidad del lugar, dejándonos a su vez con la miel en los labios, ansiosos por ver lo que sabíamos que estaba ante nuestros ojos.
Después de casi dos horas y un magnifico chocolate calentito, desistimos. Hay ocasiones en que no todo sale como uno espera y tampoco nos apetecía pasarnos toda la tarde allí esperando a ver si despejaba. Resignados, volvimos a tomar el telecabina que a los pocos minutos nos llevó de vuelta a la autocaravana.
Iniciamos nuevamente la marcha, rodeados de verdes prados y ovejas lanosas, en dirección a la cima del Coll de Tourmalet, de la que tan solo nos separaban unos pocos kilómetros. Un último y empinadísimo tramo de sinuosas curvas nos condujo a un pequeño parking de arena en el que no dudamos en detenernos. Las vistas desde allí eran evidentemente magníficas. Andamos apenas unos pasos por la carretera cruzando un estrecho paso y llegamos a un pequeño mirador situado en la cara oeste de la montaña. Junto a él un pintoresco hotel ofrecía descanso a motoristas y ciclistas que iban en búsqueda de un refrigerio. Al lado, un pequeño chiringuito de recuerdos evidenciaba la importancia del lugar. En lo alto una imponente figura homenajeaba al primer ciclista que logró ganar una etapa del Tourmalet en el Tour de Francia.
Tras hacer algunas fotos iniciamos el descenso, poco a poco, y con mucha calma, pues la dificultad del ascenso ahora se convertía en peligrosidad conduciendo un vehículo de más de dos toneladas de peso.
La cara oeste nos ofrecía unas esplendidas vistas del valle que se tendía a nuestros pies, así como de la serpenteante carretera por la que teníamos que descender. Resultaba incluso difícil no detenerse, pues a cada pocos metros algo nos sorprendía: cuando no eran unas vistas increíbles, era una persona que se lanzaba al precipicio para hacer parapente, o un pequeño jardín botánico junto a la carretera. Lo cierto es que nos tuvimos que resistir, pues llevábamos todo el día haciendo paradas y parecía que nunca íbamos a llegar a nuestro destino, Gavarnie.
Finalmente después de alguna que otra parada más, ya que nos negamos a no disfrutar de lo que el destino nos iba ofreciendo, lo logramos haciendo una pequeña tirada sin detenernos, lo que nos permitió llegar cuando todavía el sol brillaba con fuerza. Según los datos de que disponíamos, Gavarnie dispone de un parking sin servicios en el que está permitido pernoctar, así que nos dirigimos directamente a él. No nos costó demasiado encontrarlo, nada más llegar a la población ya vimos a mano derecha un gran número de autocaravanas estacionadas, y hacia allí nos dirigimos.
Nos acomodamos en el lugar elegido y dejamos a “Suny” descansando de tanta paliza. Era tarde pero el circo de Gavarnie resplandecía a lo lejos, invitándonos a ponernos las botas de montaña y a hacer una primera aproximación. Así lo hicimos y cámara en mano iniciamos el camino que conducía hasta él.
Paseamos por el pueblo, pequeñito y tranquilo a aquellas horas. Imaginábamos como de abarrotadas debían estar aquellas pequeñas tiendas, principalmente repletas de artículos de montaña y souvenirs, en plena temporada de esquí. Continuamos río arriba en dirección al circo. El lugar realmente era perfecto, unas vistas preciosas nos invitaban a perdernos a lo largo de caminos enmarcados por el sonido límpido de las aguas gélidas del rió. Un pequeño puente de piedra, nos condujo a la otra orilla, donde desde allí comenzaba la ruta hacia el Circo de Gavarnie.
En aquel momento, nos pareció que la ruta no debía ser demasiado larga, incluso dudábamos si tendríamos tiempo de hacerla antes de que nos quedáramos sin luz, algo de lo que al día siguiente nos daríamos cuenta de cuan equivocados estábamos. Menos mal que nos dimos cuenta a tiempo y dejamos nuestro ímpetu para el día siguiente.
Comenzaba a ser tarde y los primeros rayos del atardecer teñían el cielo de tonos anaranjados. Nosotros seguíamos encantados con todo lo que nos íbamos encontrando, ni siquiera éramos conscientes del cansancio que llevábamos acumulado por los kilómetros recorridos. Eran pocos los que se encontraban paseando por allí a aquellas horas, apenas algún grupo de rezagados que regresaba tarde de haber visitado el circo, pero que demonios la estampa era tan preciosa que bien merecía la pena disfrutarla.
Nos sentamos en la hierba, aspirando profundamente el magnífico aroma que inundaba aquel lugar, nuestros sentidos se inflaban y desinflaban con cada bocanada de aire que tomábamos. Un aire tan puro que se filtraba a través de nuestros pulmones como elixir sublime. Más tarde, simplemente nos levantamos y a paso de tortuga nos dirigimos hacia el parking donde reposaba “Suny”.
Al llegar a él, conocimos a unos chicos que, como nosotros, viajaban con un gatito y nos quedamos charlando alegremente con ellos durante un buen rato. Al final, éramos apenas unas sombras dibujadas en el suelo, ya que la poca luz que quedaba había desaparecido hacia bastante tiempo. Entramos en la autocaravana y pensamos en la buena pinta que tenía todo aquel lugar, en las ganas locas que teníamos por desgranar todo aquel paisaje inmaculado y sobre todo en lo increíble que debía ser llegar a su cima y poder admirar en primera persona aquel emblemático lugar.
Cerramos los ojos entre brumas y susurros. La auto se mecía plácidamente con el vaivén del viento, y nos dejamos acunar por su dulce canción mientras nos quedamos dormidos en el tiempo que uno dice “buenas noches”.

La noche había sido bastante fresca, lo que nos permitió dormir plácidamente. La pereza había hecho acto de presencia y no nos dejaba movernos demasiado. En la cama nos “roneamos” todo lo que pudimos hasta que finalmente echamos a esa desaprensiva y nos pusimos manos a la obra.

Después de desayunar y comprar en los comercios de Ainsa algunas cosillas que nos faltaban, comenzamos con nuestro camino. Un camino que nos llevaría a descubrir lo que sin duda ha sido para nosotros una ruta de ensueño.

Nos encaminamos hacia el túnel de Bielsa con bastantes dudas. Habíamos oído hablar bastante mal de el, pero las cartas estaban ya sobre la mesa y buscar otra alternativa a estas alturas significaba dar un rodeo enorme, por lo que nos armamos de valor y tiramos hacia adelante sin pensar en si hubiese sido mejor elegir otro camino para el viaje.

El sol brillaba con fuerza e iluminaba los verdes prados del Valle de Ordesa y Monte perdido. Ascendimos poco a poco, disfrutando de los esplendidos paisajes que las lluvias caídas nos están ofreciendo este año, sin querer forzar tampoco la maquina, pues eran muchos los kilómetros a recorrer y los puertos de montaña que teníamos previsto cruzar.

Pasamos la población de Bielsa, y nos dirigimos directamente a la boca sur del túnel que nos conduciría  finalmente a Francia. El semáforo nos obligo a estar detenidos algunos minutos, cosas de la regulación del tráfico, hasta que finalmente nos dio luz verde para entrar en él. La sensación que sientes es indescriptible. Primero incertidumbre, mas tarde aprensión, hasta que al final todo ello se convierte en puro miedo. El túnel es estrecho, está mal asfaltado, y sobre todo no ves en él ninguna salida de emergencia por ningún lado, ni nada que te haga pensar que allí dentro estas seguro, pero respiramos profundamente e intentamos que los cinco kilómetros de recorrido se nos hicieran lo más cortos posibles.

Finalmente vimos la luz del día brillando a lo lejos. Ya habíamos llegado a la salida norte del túnel donde la sorpresa fue mayúscula: un paisaje perfecto nos esperaba enseñando su carta de presentación, y esa carta era tan preciosa que automáticamente paramos la auto, bajamos cámara en mano y nos dispusimos a recorrer aquellos primeros metros como si hubiéramos descubierto algún lugar en el que nadie había puesto un pie.

El amplio valle se tendía a nuestros pies. Sobre aquella alfombra verde, centenares de ovejas se encontraban tumbadas tomando el sol relajadamente, causando una estampa ciertamente curiosa. Al fondo las montañas abrían su paso a la pequeña y sinuosa carretera que descendía como si fuera una serpiente acechando a su presa.

Anduvimos por allí un buen rato, boquiabiertos, disfrutando de un paisaje esplendido, que un día soleado como este nos estaba brindando. No éramos los únicos, pues muchos de los que salían del túnel se apresuraban también a detenerse donde podían. Ciertamente la salida de este era gratamente impactante.

Continuamos finalmente con nuestra marcha, poco a poco, descendiendo el tortuoso puerto de montaña sin ninguna prisa, pues nuestra intención no era llegar a ningún lugar en concreto, sino disfrutar de todo el recorrido. Tras varios kilómetros a cámara lenta, llegamos a la población de Arreau, lugar que si bien habíamos señalado en el navegador GPS como destino, lo habíamos hecho por ser un lugar de paso mas que un destino propiamente dicho.

Arreau se encuentra en el corazón de Hautes Pyrénées, en la confluencia de los valles de Aure, de Louron y de Aspin. Será cosa del destino que al pasar por él, nos llamara la atención el ver como la población abrigaba al río a su paso por ella, y observamos como sus aguas cristalinas bajaban con una fuerza sublime y un sonido ensordecedor. Decidimos detenernos pues el viaje acababa de empezar, y como he dicho nuestro único destino consistía en disfrutar de todo el recorrido. Y menuda sorpresa.

Arreau nos sorprendió gratamente, no solo por el curioso dibujo que hace del río, con sus pequeños puentes cruzando sobre él, sino por sus casas, su mercado, y un sinfín de pequeños detalles que hacían de aquel un lugar encantador.

La pequeña población disponía también de un fácil y divertido recorrido señalizado que conduce a las fincas con mayor interés histórico. Sin dudarlo nos pusimos a seguirlo en nuestro afán por descubrir todos los encantos de aquella pequeña población pirenaica.

Más tarde, continuamos con nuestro camino pues ansiábamos seguir descubriendo nuevas joyas de este escondido lugar de los Pirineos. Tomamos la carretera D929 en dirección a La Barthe-de-Neste, pero a menos de un kilómetro nos desviamos hacia el Coll d´Aspin, un emblemático puerto de montaña utilizado en muchas ediciones del Tour de Francia que queríamos recorrer. Probablemente no fuera esta la ruta más rápida, quizás si la más corta, pero como ya hemos comentado, en este viaje el “Kilómetro” no es una unidad de medida válida. En cualquier caso, nosotros no teníamos prisa alguna. Nos habíamos marcado Gavarnie como destino final del día, y teníamos todo el tiempo del mundo para llegar hasta él.

Nos es el Coll d’Aspin una carretera recomendada para vehículos demasiado grandes. El inicio, muy inclinado, hacia rugir el motor de “Suny” como nunca, a la vez que la estrechez de la calzada y unas curvas muy cerradas nos obligaban a estar bien atentos durante la conducción. Por si fuera poco, la zona se encontraba repleta de ciclistas que emulando las hazañas de sus grandes héroes como Induráin o Rominger, se empeñaban en ascender aquellas tortuosas carreteras. Nosotros, como pudimos, los adelantábamos, vigilando también a los que venían lanzados de cara. Pero sin duda alguna el esfuerzo valía la pena.

A medida que íbamos tomando altura los paisajes eran cada vez más increíbles. Tan solo lamentábamos que no hubiese algún mirador en el que detenernos para saborear tranquilamente aquella delicia, pero nos tuvimos que conformar con ir viendo poco a poco todo el paisaje.

Finalmente, llegamos a la cima de l’Abime, donde hallamos una explanada en la que autocaravanistas y ciclistas nos detuvimos a descansar. Las vistas desde allí eran increíbles. Era tarde por lo que decidimos que no encontraríamos un lugar mejor que aquel para comer, con vistas a las cumbres de los Pirineos y acompañados de un rebaño de vacas que curioseaba entre las autocaravanas.

Desde la cima del Col de l’Aspin son varias las rutas de treking que se pueden iniciar. Muchos, dejaban el coche en el aparcamiento en el que nos encontrábamos e iniciaban sus rutas a pié, pero en nuestro caso disponíamos de un tiempo bastante limitado, con lo que después de haber comido y jugueteado con las vaquitas continuamos con nuestro camino. Descendimos la cara oeste del Col de l’Aspin en dirección a Bagnères-de-Bigorre, pero una vez llegamos a la población de Sainte Marie de Campan, volvimos a tomar el desvío hacia el Col del Tourmalet.

Pocas presentaciones hacen falta de este famoso puerto de montaña. No es necesario ser demasiado aficionado al ciclismo de carretera, para saber que esta es sin duda, la etapa reina del Tour de Francia. Ascenderlo, significaba acercarnos ni que fuese un poquito a lo que tantos y tantos corredores habían sentido durante las distintas ediciones de la famosa prueba ciclista.

Iniciamos la ascensión, en esta ocasión de una carretera bastante más ancha pero abarrotada de ciclistas. Circular por ella era un continuo adelantamiento de una cola de bicicletas que se esforzaban por llegar a la cima. Pero no os creáis, que no eran niños. La mayoría de ellos nos doblaba la edad, lo cual hacia todavía más meritorio su esfuerzo.

A media subida, hicimos una pequeña parada, para encontrarnos con el primero de los destinos señalados para esta ruta, el Pic du Midi du Bigorre. Para alcanzar su cumbre, simplemente hay que dejarse transportar en una esplendida ascensión en telecabina. Durante todo el año, tanto en verano como en invierno, podemos acceder desde La Mongie, la estación de esquí del Tourmalet, hasta su cima. La encontramos fácilmente, y a estas alturas del año, ya sin esquiadores, no nos resultó nada complicado aparcar. Lo hicimos junto a otras autocaravanas, asegurándonos antes de salir de haberla cerrado bien, pues el sol a esas horas apretaba con fuerza.

A pocos metros encontramos el punto de información, donde un amable señor, con buenas dotes de castellano, nos ofreció algo más de información de toda la zona del Midi Pyrenees. Junto a la oficina se encontraba también la taquilla y el acceso al teleférico. Treinta euros por persona, un precio bastante elevado en nuestra opinión, pero que no nos negamos a pagar, para así poder disfrutar de las magnificas vistas que tendríamos desde las alturas.

A los pocos minutos accedíamos al teleférico que con 1000 m. de desnivel superados en 15 minutos, nos ofreció el tiempo necesario para prepararnos antes de tocar el pico a 2877 metros de altitud. Allí arriba, la pureza, la transparencia del aire y la luz, constituyen el secreto mejor guardado de un lugar en el que durante mucho tiempo ha estado reservado únicamente a científicos. Se acondicionaron 750 m2 de terrazas panorámicas, la vista se extiende a 300 km de cumbres de la cadena pirenaica, desde el Mediterráneo al Atlántico y sobre las mesetas del gran suroeste.

El esplendor de los paisajes le valieron al Pic du Midi, ser declarado en 2003 Patrimonio de la Humanidad. Todo comenzó a finales del siglo XIX con un observatorio meteorológico, en una increíble epopeya, cuyos héroes son apasionados y eruditos sabios, ávidos por comprender mejor el universo. Las cualidades excepcionales del lugar permiten efectuar observaciones y medidas que explican la evolución de la tierra. Esta aventura humana que continúa en la actualidad, se divulga en el espacio museo-gráfico más alto de Europa.

La magia del lugar prosigue también por la noche. Durante todo el año, con motivo de la celebración de actos nocturnos, el Pic du Midi está abierto para las sesiones de “Soirees Etoillees”, con un programa de animaciones sobre astronomía. De carácter aun mas mágico si cabe, El Pic du Midi, ofrece también las “Nuits au Sommet”, previa reserva, diecinueve privilegiados podrán dormir en esta cumbre emblemática y compartir momentos inolvidables bajo las estrellas.

Lamentablemente, nuestra llegada al pico, no fue todo lo exitosa que pudiéramos desear. El día parecía estar muy claro, pero una enorme masa de nubes se encontraba detenida justamente a la altura en la que se posicionaba el mirador, lo cual nos impedía disfrutar de sus increíbles vistas. -“ya nos podía haber avisado la chica de la taquilla”- pensamos en aquel momento, y es que algo parecido nos sucedió cuando intentamos subir al Aiguille du Midi del Montblanc en nuestro viaje a Rhone-Alps, pero en aquella ocasión la persona de la taquilla nos advirtió que no veríamos nada.

Recordamos que en algún lugar habíamos leído que recomendaban hacer la ascensión a primera hora de la mañana, para evitar inconvenientes como este. Pero por consecuencias del planing de ruta nos había resultado imposible llegar a esas horas, pero para quien planee un viaje por allí es una condición casi indispensable para subir al pico. Por suerte, hacia un pequeño micro-clima allí arriba, y aunque durante la ascensión habíamos apreciado un importante descenso la de temperatura por la altura a la que estábamos ascendiendo, se estaba divinamente en el mirador. Además, la instalación dispone de una pequeña cafetería con unas comodísimas tumbonas que todos nos apresuramos a ocupar a la espera de que las nubes se marcharan, y por fin pudiéramos disfrutar de las ansiadas vistas.

El conjunto dispone también de un pequeño museo sobre la astronomía y la meteorología, temática de especial importancia en aquel lugar. Lamentar quizás que la mayor parte de la exposición se encuentre en francés, pero aun así resultó agradable dar un paseo por ella, curioseando todo lo que allí había.

El paseo por la exposición nos sirvió para darnos cuenta de la altura a la que nos encontrábamos, pues en algún momento, allí dentro, se nos iba un poco la cabeza, en el mejor sentido de la palabra.

Estuvimos un buen rato dando vueltas por el mirador, pero las nubes parecían empeñadas en no desaparecer, ofreciéndonos únicamente algunos claros en momentos señalados. Estos, nos permitían intuir la grandiosidad del lugar, dejándonos a su vez con la miel en los labios, ansiosos por ver lo que sabíamos que estaba ante nuestros ojos.

Después de casi dos horas y un magnifico chocolate calentito, desistimos. Hay ocasiones en que no todo sale como uno espera y tampoco nos apetecía pasarnos toda la tarde allí esperando a ver si despejaba. Resignados, volvimos a tomar el telecabina que a los pocos minutos nos llevó de vuelta a la autocaravana.

Iniciamos nuevamente la marcha, rodeados de verdes prados y ovejas lanosas, en dirección a la cima del Coll de Tourmalet, de la que tan solo nos separaban unos pocos kilómetros. Un último y empinadísimo tramo de sinuosas curvas nos condujo a un pequeño parking de arena en el que no dudamos en detenernos. Las vistas desde allí eran evidentemente magníficas. Andamos apenas unos pasos por la carretera cruzando un estrecho paso y llegamos a un pequeño mirador situado en la cara oeste de la montaña. Junto a él un pintoresco hotel ofrecía descanso a motoristas y ciclistas que iban en búsqueda de un refrigerio. Al lado, un pequeño chiringuito de recuerdos evidenciaba la importancia del lugar. En lo alto una imponente figura homenajeaba al primer ciclista que logró ganar una etapa del Tourmalet en el Tour de Francia.

Tras hacer algunas fotos iniciamos el descenso, poco a poco, y con mucha calma, pues la dificultad del ascenso ahora se convertía en peligrosidad conduciendo un vehículo de más de dos toneladas de peso.

La cara oeste nos ofrecía unas esplendidas vistas del valle que se tendía a nuestros pies, así como de la serpenteante carretera por la que teníamos que descender. Resultaba incluso difícil no detenerse, pues a cada pocos metros algo nos sorprendía: cuando no eran unas vistas increíbles, era una persona que se lanzaba al precipicio para hacer parapente, o un pequeño jardín botánico junto a la carretera. Lo cierto es que nos tuvimos que resistir, pues llevábamos todo el día haciendo paradas y parecía que nunca íbamos a llegar a nuestro destino, Gavarnie.

Finalmente después de alguna que otra parada más, ya que nos negamos a no disfrutar de lo que el destino nos iba ofreciendo, lo logramos haciendo una pequeña tirada sin detenernos, lo que nos permitió llegar cuando todavía el sol brillaba con fuerza. Según los datos de que disponíamos, Gavarnie dispone de un parking sin servicios en el que está permitido pernoctar, así que nos dirigimos directamente a él. No nos costó demasiado encontrarlo, nada más llegar a la población ya vimos a mano derecha un gran número de autocaravanas estacionadas, y hacia allí nos dirigimos.

Nos acomodamos en el lugar elegido y dejamos a “Suny” descansando de tanta paliza. Era tarde pero el circo de Gavarnie resplandecía a lo lejos, invitándonos a ponernos las botas de montaña y a hacer una primera aproximación. Así lo hicimos y cámara en mano iniciamos el camino que conducía hasta él.

Paseamos por el pueblo, pequeñito y tranquilo a aquellas horas. Imaginábamos como de abarrotadas debían estar aquellas pequeñas tiendas, principalmente repletas de artículos de montaña y souvenirs, en plena temporada de esquí. Continuamos río arriba en dirección al circo. El lugar realmente era perfecto, unas vistas preciosas nos invitaban a perdernos a lo largo de caminos enmarcados por el sonido límpido de las aguas gélidas del rio. Un pequeño puente de piedra, nos condujo a la otra orilla, donde desde allí comenzaba la ruta hacia el Circo de Gavarnie.

En aquel momento, nos pareció que la ruta no debía ser demasiado larga, incluso dudábamos si tendríamos tiempo de hacerla antes de que nos quedáramos sin luz, algo de lo que al día siguiente nos daríamos cuenta de cuan equivocados estábamos. Menos mal que nos dimos cuenta a tiempo y dejamos nuestro ímpetu para el día siguiente.

Comenzaba a ser tarde y los primeros rayos del atardecer teñían el cielo de tonos anaranjados. Nosotros seguíamos encantados con todo lo que nos íbamos encontrando, ni siquiera éramos conscientes del cansancio que llevábamos acumulado por los kilómetros recorridos. Eran pocos los que se encontraban paseando por allí a aquellas horas, apenas algún grupo de rezagados que regresaba tarde de haber visitado el circo, pero que demonios la estampa era tan preciosa que bien merecía la pena disfrutarla.

Nos sentamos en la hierba, aspirando profundamente el magnífico aroma que inundaba aquel lugar, nuestros sentidos se inflaban y desinflaban con cada bocanada de aire que tomábamos. Un aire tan puro que se filtraba a través de nuestros pulmones como elixir sublime. Más tarde, simplemente nos levantamos y a paso de tortuga nos dirigimos hacia el parking donde reposaba “Suny”.

Al llegar a él, conocimos a unos chicos que, como nosotros, viajaban con un gatito y nos quedamos charlando alegremente con ellos durante un buen rato. Al final, éramos apenas unas sombras dibujadas en el suelo, ya que la poca luz que quedaba había desaparecido hacia bastante tiempo. Entramos en la autocaravana y pensamos en la buena pinta que tenía todo aquel lugar, en las ganas locas que teníamos por desgranar todo aquel paisaje inmaculado y sobre todo en lo increíble que debía ser llegar a su cima y poder admirar en primera persona aquel emblemático lugar.

Cerramos los ojos entre brumas y susurros. La auto se mecía plácidamente con el vaivén del viento, y nos dejamos acunar por su dulce canción mientras nos quedamos dormidos en el tiempo que uno dice “buenas noches”.

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